El banquete de los depredadores
El ático de Julián Varela no era un hogar; era una torre de control donde el aire se sentía filtrado por la frialdad de los contratos. Elena se observó en el espejo de pared, ajustando el broche de diamantes que le oprimía la garganta. No era una joya, sino un grillete de tres quilates. Julián, reflejado tras ella, no se acercó; su sola presencia en el umbral bastaba para alterar la presión atmosférica.
—Si tu pulso se acelera cuando tu padre te mire a los ojos, habremos perdido —dijo él, su voz un látigo de terciopelo—. Los Villavicencio no buscan a una heredera
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