Cláusulas de sangre y lealtad
El despacho de Julián Varela no era una oficina; era un búnker de cristal y obsidiana suspendido sobre la ciudad. El silencio aquí no era ausencia de ruido, sino una presión atmosférica que exigía obediencia. Elena se movió con la precisión de un cirujano, sus dedos recorriendo la superficie de caoba hasta localizar el compartimento oculto bajo la bandeja de cuero. Lo había deducido por la forma en que Julián evitaba mirar esa zona durante sus reuniones, un tic de posesividad que ella había aprendido a leer en apenas cuarenta y ocho horas.
La cerradura electrónica cedió con un chasquido metálic
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