La libertad tiene un precio
El despacho de Julián Varela, en el piso cincuenta de la torre Varela Corp, olía a cuero antiguo y a la electricidad estática de una tormenta que se negaba a estallar. Sobre el escritorio de caoba, la tarjeta de acceso de Rodrigo —el objeto que había sellado el destino de Elena— descansaba junto a una tableta que mostraba el flujo de datos del «Proyecto Espejo». Eran las piezas de un rompecabezas que, al encajar, revelaban la anatomía de su propia destrucción. Elena observó a Julián. Él estaba de pie junto al ventanal, con la silueta recortada contra el h
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