La verdad enterrada
El despacho de los Valdés no olía a hogar, sino a cera, cuero viejo y secretos guardados bajo llave. Elena deslizó la tarjeta de Rodrigo por la ranura. El sensor emitió un pitido agudo, una nota discordante en el silencio sepulcral de la mansión. La puerta de caoba cedió con un suspiro hidráulico. No había tiempo para la nostalgia; el sistema de seguridad, vinculado a la red central, ya estaba contando los segundos hasta que la alerta de intrusión se disparara.
Se movió con la precisión de quien ha ensayado este momento durante años. Sus dedos volaron sobre el teclado del escritorio de su padre. La interfaz, protegi
Preview ends here. Subscribe to continue.