El costo de la protección
La suite del hotel, un búnker de cristal sobre el Paseo de la Reforma, se sentía más pequeña que nunca. Afuera, la Ciudad de México era un mar de luces indiferentes; adentro, el aire estaba viciado por la inminencia de la junta del lunes. Julián Varela, el hombre que solía controlar el pulso de la bolsa con un solo gesto, se despojó del saco. Sus hombros, habitualmente erguidos bajo el peso de su imperio, mostraban una tensión que no se permitía en público.
Sobre la mesa de caoba, los documentos de extorsión —la prueba de su firma forzada en el despojo de la herencia Valdés— no eran solo papel; eran una sentencia de muerte c
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