Alianzas peligrosas
El aire en el despacho de Julián Varela no era aire; era una mezcla de ozono, cuero viejo y la estática de una cuenta regresiva. Elena Valdés observaba el skyline de la Ciudad de México, donde las luces de los rascacielos parecían dientes afilados esperando el colapso de la junta directiva del lunes. Sobre el escritorio, el contrato de reestructuración que ella misma había desenterrado brillaba bajo la luz cenital. La firma de Julián, elegante y decidida, era la prueba de que él no solo había sido testigo de su despojo, sino el arquitecto que lo había
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