El peso del apellido
Elena irrumpió en el despacho de Julián sin llamar, el sobre manila crujiendo entre sus dedos como un veredicto pendiente. El aire olía a cuero curtido y a las decisiones que sepultan legados. Julián estaba de espaldas, contemplando la Ciudad de México a través del ventanal que convertía la ciudad en un tablero de luces frías.
—El lunes votarán mi expulsión de la junta —dijo ella, cortando el silencio con voz baja y precisa—. Pero antes quiero que veas quién firmó la reestructuración que dejó a mi padre sin nada.
Julián se volvió. La luz del atardecer endurecía sus rasgos. Sus ojos se posaron en el sello
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