El último rastro
El sótano de San Judas no era un archivo; era una tumba con fecha de caducidad. La primera explosión no retumbó desde arriba, sino que sopló desde el conducto de ventilación, escupiendo una nube de hollín y el olor metálico de la gasolina. Julián Varga se cubrió la boca con la manga, sintiendo el ardor en sus pulmones. En la pantalla de su laptop, la barra de transferencia se congeló en un 97%. En su muñeca, el reloj marcaba 95 horas y 31 minutos para la purga total.
Afuera, las sirenas de la policía de Aranda no pedían paso; reclamaban propiedad. Julián se limpió la sangre reseca de la frente y volvió a presionar el Libro Negro contra el cristal del escáner. El lomo del libro crujió, un sonido seco que se perdió entre el rugido del fuego que empezaba a lamer las estanterías de acero. Cada página era una sentencia: iniciales de jueces, pagos cruzados, planos de desalojos maquillados como obras públicas. Y al final, la masacre. Una fotografía aérea de un loteo periférico, una fecha tachada, y una nota al margen con la caligrafía pulcra de Aranda: «Reubicación ejecutada. Activos residuales: limpiar archivo y personal».
Julián sintió un frío glacial a pesar del calor del incendio. Su apellido aparecía en la lista de limpieza. No era un investigador; era un costo operativo.
El metal del conducto crujió bajo sus botas mientras intentaba una salida desesperada. Una sombra bloqueó el pasillo de servicio. Era Rivas, con el uniforme rasgado y una sonrisa que desmentía el sedante que Julián le había inyectado horas atrás.
—El Fiscal paga mejor que tu lealtad, Julián —escupió Rivas, levantando un arma pesada.
Julián no dudó. Conocía el protocolo de contención del edificio: una red burocrática de sellado automático. Sin dejar de retroceder, golpeó el panel de mantenimiento con la hebilla de su cinturón, activando el bloqueo nivel cuatro. Las puertas magnéticas se deslizaron con un chirrido hidráulico, encerrando a Rivas en la esclusa. El hombre golpeó el cristal reforzado, sus gritos ahogados por el siseo del gas extintor.
—¡No puedes dejarme aquí! —aulló Rivas, sus dedos arañando el metal mientras el humo gris lo envolvía.
Julián no miró atrás. Ajustó la mochila contra su pecho, sintiendo el peso muerto del Libro Negro, y se fundió en la oscuridad de los túneles. Al emerger a una grieta de ventilación, la realidad lo golpeó: el perímetro estaba bañado por luces estroboscópicas. Patrullas de la fiscalía bloqueaban todas las salidas. Sacó el dispositivo que Elena le había entregado. Un punto rojo parpadeaba en el mapa: su ubicación exacta, transmitida en tiempo real al centro de mando de Aranda.
—Maldita sea, Elena —siseó. Ella no lo había enviado a buscar el libro; lo había usado como cebo.
Tenía dos opciones: conservar el código para futuras pistas o destruir el rastreador. Destrozó el dispositivo contra el hormigón, borrando su rastro, pero condenándose a la ceguera tecnológica. Corrió hacia un punto de conexión clandestino en los bajos de la ciudad. El local apestaba a ozono. En la pantalla, la barra de progreso apenas marcaba un 12%. El algoritmo de borrado remoto de la corporación ya estaba devorando los archivos maestros.
—Vamos, sube —gruñó, golpeando el teclado.
El monitor parpadeó: ERROR DE INTEGRIDAD: ARCHIVO CORRUPTO. La conexión se desplomaba. Julián ejecutó una secuencia de derivación suicida, sacrificando su escudo de encriptación para forzar la señal. La transmisión comenzó, pero el servidor emitió un pitido agudo. El sistema de hackeo de Aranda había entrado en la red. Julián observó cómo los archivos empezaban a borrarse, una carrera entre la luz de la subida y la sombra de la purga. La verdad estaba a punto de perderse, y él era el único que podía sostenerla.