Cuenta regresiva crítica
La bala en su costado no era una herida, era un metrónomo. Cada latido enviaba una descarga de fuego que le recordaba a Julián Varga que el tiempo, al igual que su sangre, se estaba agotando. Se desplomó contra el hormigón húmedo de un callejón en San Judas, a kilómetros de la opulencia de la gala, pero a solo unos metros del archivo que contenía su sentencia de muerte.
Su teléfono vibró. 95 horas y 40 minutos para la purga total. La pantalla mostraba la nota de voz de Elena. Al reproducirla, su voz no era la de una aliada, sino la de una arquitecta de desastres: «El código es la llave, Julián, pero recuerda que un cebo solo es útil mientras sigue moviéndose».
Julián soltó una carcajada seca que terminó en un espasmo de dolor. El código que le dio no era una entrada; era un faro. Cada vez que lo introducía, enviaba una señal de geolocalización directa a los servidores de la fiscalía. Elena no buscaba justicia; buscaba un cadáver que justificara una investigación contra Aranda, un chivo expiatorio con las manos manchadas de pruebas robadas.
Se puso en pie, apoyándose en la pared. La rabia, más efectiva que cualquier analgésico, le permitió caminar. El edificio de archivos de San Judas se alzaba frente a él, un monolito de hormigón diseñado para que la verdad muriera de asfixia. Introdujo la secuencia biométrica. La puerta cedió con un gemido metálico, revelando un sótano que olía a papel viejo y a olvido.
Sus dedos, manchados de sangre, recorrieron el estante 4-B. Allí estaba: el Libro Negro. No era una metáfora. Era una bitácora encuadernada en cuero que detallaba la masacre de los terrenos de la constructora Aranda. Nombres, fechas, pagos a sicarios institucionales. La evidencia era tan cruda que el aire del sótano se volvió irrespirable.
De repente, el estruendo de neumáticos frenando en seco rompió el silencio. Sirenas. No eran patrullas rutinarias; era un despliegue táctico. El zumbido de los servidores cambió a una luz roja intermitente: Acceso concedido. Protocolo de extracción activado.
Julián conectó su unidad de almacenamiento. La barra de progreso era una tortura: 20%, 45%, 70%.
—Varga, sabemos que estás ahí —la voz de Aranda resonó por un megáfono, quirúrgica y fría—. Entrégame el registro y te garantizo un camino seguro. Sé que Elena te usó, pero no tienes que ser la pieza que cae.
El techo vibró. Botas tácticas descendían por los conductos. Julián miró la barra: 90%. Tenía que elegir: llevarse el libro físico y ser capturado con la prueba en las manos, o confiar en la copia digital y buscar una salida desesperada por los ductos de ventilación. La policía rodeaba el edificio, estrechando el cerco. Julián arrancó la unidad de almacenamiento justo cuando la luz de una linterna táctica barrió la oscuridad de la bóveda. La cuenta regresiva se detuvo, pero su vida acababa de entrar en su minuto final.