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Chapter 7: La voz detrás de la máscara

Julián confronta a Elena en la gala, descubriendo que es un peón en su plan de venganza. Ella le entrega el código para el archivo de San Judas antes de que la seguridad de los Valdés intervenga. Julián logra escapar herido, pero comprende que la policía de Aranda ya ha sitiado su siguiente objetivo.

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La voz detrás de la máscara

El aire en el balcón privado de la mansión Valdés sabía a gardenias y pólvora. Julián Varga se presionó el costado con la palma abierta; la sangre caliente se filtraba entre sus dedos, empapando la camisa de gala que, hace apenas una hora, le otorgaba una respetabilidad que ahora era una burla sangrienta. En su bolsillo, la llave maestra del archivo privado pesaba como un lingote de plomo. Faltaban exactamente 95 horas y 40 minutos para que el servidor central de la constructora Aranda ejecutara la purga digital definitiva.

Elena Valdés estaba a pocos pasos, recortada contra la luz de los ventanales. Ya no era la heredera aterrorizada que él había intentado rescatar en los registros municipales; su postura era una línea recta de acero, sus ojos carecían de la calidez que las notas de voz le habían prometido durante semanas.

—No deberías haber venido, Julián —dijo ella. Su tono era de evaluación técnica—. Sabías que entrar en esta gala era un suicidio.

—Me usaste —espetó Julián, ignorando el mareo que comenzaba a nublarle la visión—. El Proyecto San Judas no es un rescate. Es un sacrificio. Soy el cebo perfecto para que Aranda se exponga, ¿verdad?

Elena se acercó con una elegancia depredadora. El perfume caro que emanaba de ella se mezclaba con el olor metálico de la herida de Julián.

—El Libro Negro no es solo contabilidad creativa, es la bitácora de una masacre silenciada. Si no llegas al orfanato de San Judas antes de que el reloj marque las 95 horas, no solo me borrarán a mí. Borrarán la historia de este país. Mi familia y Aranda han convertido la justicia en un algoritmo de eliminación.

Julián sintió una oleada de náuseas. La revelación no le trajo alivio, sino la certeza de que su vida ya no le pertenecía. Elena extrajo un pequeño dispositivo de su vestido, una pieza de hardware que brillaba con una luz azul gélida, y se la entregó. Sus dedos se rozaron por un instante; estaban fríos, distantes.

—Este es el código de acceso al archivo físico en San Judas —susurró, acercándose tanto que él pudo ver la ausencia de remordimiento en sus pupilas—. Úsalo. O muere siendo un archivo muerto en el sistema de Aranda.

Antes de que Julián pudiera replicar, un estrépito metálico rompió la atmósfera de la gala. El equipo de seguridad privada, hombres con rostros de piedra y manos en las fundas tácticas, bloqueó las salidas del balcón. El jefe de seguridad, un hombre que Julián reconocía de los registros de la constructora, avanzó con paso metódico.

—Señorita Valdés, es hora de volver al interior. Y usted, Varga, tiene mucho que explicar sobre su presencia en propiedad privada —bramó el hombre.

Julián retrocedió, sus talones hundiéndose en el césped húmedo. El reflector de un dron de vigilancia barrió el área. Elena, con una frialdad calculada, dio un paso atrás, fundiéndose con las sombras de la mansión.

—¡Corre, Julián! —gritó ella, no por piedad, sino por necesidad táctica.

Julián no esperó. Se lanzó hacia la balaustrada del balcón, sintiendo el impacto de una bala de goma rozándole el hombro mientras saltaba hacia la espesura del jardín. El dolor en su costado estalló como una llamarada, pero se obligó a seguir. Mientras caía hacia el terreno oscuro, escuchó el estruendo de los pasos de seguridad tras él. Tenía la llave, tenía el código y tenía una herida que le robaba la fuerza con cada latido. Pero mientras se perdía en la oscuridad del perímetro, una nueva certeza se instaló en su pecho: la policía de Aranda ya estaba rodeando el edificio de los archivos, cerrando la trampa que él mismo había ayudado a construir.

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