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Chapter 6: Sombras en la opulencia

Julián se infiltra en la gala de los Valdés, donde descubre que Elena lo ha estado utilizando como cebo en su propio plan de venganza. Tras obtener la llave maestra, es confrontado por la nueva y fría versión de Elena antes de ser herido en una huida desesperada.

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Sombras en la opulencia

El cronómetro en la pantalla de mi móvil no miente: 95 horas y 40 minutos para que el sistema borre cualquier rastro de la existencia de Elena Valdés. El aire en el salón de gala de la mansión Valdés es una mezcla asfixiante de perfume caro, ambición y la estática invisible de una sentencia de muerte. Estoy aquí bajo una identidad robada, un consultor de riesgos que no existe, moviéndome entre la élite como un espectro. Mi objetivo no es el champán ni la influencia; es la llave maestra del archivo privado del patriarca. La seguridad es asfixiante; hombres con auriculares discretos escanean a los invitados con una precisión depredadora. El Fiscal Aranda domina el estrado, conversando con el patriarca Valdés, su figura imponente actuando como el juez de un tribunal donde la justicia ya ha sido subastada.

Calculo el ángulo. Un arco de seguridad biométrico bloquea el acceso al ala privada. Espero a que un camarero, visiblemente nervioso, se acerque al punto de control. Con un movimiento deliberado, choco contra un invitado, provocando una caída de bandejas de cristal que estallan en mil fragmentos. El caos es instantáneo. Mientras los guardias se distraen, me deslizo por la rendija del pasillo de servicio, perdiéndome en la penumbra de las entrañas de la mansión.

En los pasillos traseros, el aire huele a cera y a un miedo que conozco bien. Doblando una esquina, me topo con el jefe de seguridad, un hombre con la mandíbula cuadrada que bloquea mi camino. Su mano, instintiva, va a su radio.

—Esta zona es privada, señor —dice, su voz carente de calidez.

No retrocedo. Saco el pagaré que extraje del Registro Civil, un documento firmado diez años atrás por el guardia, actuando como testigo del silencio de la constructora Aranda.

—El Fiscal Aranda no es paciente con los empleados que dejan rastro de sus deudas —susurro, acercándome lo suficiente para que vea su propia firma. El color se le drena del rostro. El precio de la llave no es dinero, es su dignidad. Temblando, entrega el acceso maestro antes de desaparecer en la oscuridad.

Irumpo en el despacho. El mecanismo de la caja fuerte cede con un chasquido metálico que suena como un disparo. No encuentro el Libro Negro; en su lugar, hallo un expediente etiquetado con mi nombre: Proyecto San Judas. Mis dedos pasan las hojas con urgencia febril. No son contabilidad, son perfiles psicológicos, registros de adopción y fotografías mías tomadas durante la última semana. Elena no solo ha orquestado su desaparición; ella me ha elegido como el ejecutor involuntario de su venganza. Soy el cebo, la pieza sacrificable destinada a atraer el fuego mientras ella desmantela el sistema desde adentro. La revelación es un impacto físico. He sido utilizado, y el peso de mi propia vida, ahora etiquetada como un activo prescindible, me deja sin aliento.

Al salir hacia los jardines para escapar, el aire de las magnolias me parece un sudario. Me ajusto la chaqueta, buscando una salida, cuando un grupo de mujeres bloquea el sendero. Entre ellas, una figura destaca por una frialdad que ninguna joya puede replicar. Es Elena. No viste el diseño de alta costura que los medios han mostrado; lleva un traje oscuro, funcional, casi militar bajo una capa de seda. Su rostro, antes la cara perfecta de una dinastía, ahora es una máscara de acero. No busca ser encontrada; ella está cazando. Sus ojos se encuentran con los míos, reconociéndome sin pestañear. Me hace una señal imperceptible para que huya, un gesto que confirma que el juego apenas comienza. En ese instante, comprendo que la mujer que yo buscaba ya no existe: ella se ha convertido en el arma misma que yo intentaba neutralizar. Mientras me alejo, una figura de seguridad me intercepta, y en el forcejeo, un metal cortante me desgarra el costado. Sangrando, con la llave maestra oculta, me doy cuenta de que la verdad sobre Elena es el precio más alto que jamás he pagado.

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