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Chapter 5: El laberinto de registros

Julián Varga se infiltra en el Registro Civil para obtener datos sobre los registros de nacimiento manipulados. Tras presionar a una antigua colega, descubre que Elena Valdés se ha infiltrado en su propia desaparición para desmantelar la red de corrupción. La pista lo lleva al orfanato de San Judas, un lugar de su pasado que juró no volver a pisar.

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El laberinto de registros

El hedor a alcantarilla se le pegaba a la piel como una sentencia. Julián Varga emergió por una rejilla oxidada en un callejón ciego, a tres manzanas del Archivo Municipal, con el pecho ardiendo y los pulmones cargados de polvo gris. Apenas recuperó el equilibrio, su teléfono vibró contra su muslo. La pantalla, fracturada tras la caída en el sótano, proyectaba una luz mortecina sobre el contador de purga: 95 horas y 40 minutos. Ya no era solo una cuenta regresiva burocrática; era el tiempo que le restaba antes de que la maquinaria de la constructora Aranda lo borrara de la existencia.

Palpó el bulto del fragmento del «Libro Negro» bajo su chaqueta. No eran simples papeles; era la prueba de que su nombre, Julián Varga, aparecía marcado con una fecha de caducidad. El Fiscal Aranda no estaba solo eliminando archivos digitales; estaba ejecutando una purga física de testigos. Las sirenas, distantes pero constantes, rebotaban contra los muros de hormigón. Julián vio su propio rostro en una alerta de búsqueda que iluminaba una pantalla publicitaria cercana. Para la ciudad, era un criminal. Para Aranda, un cabo suelto. No podía esconderse; debía atacar el origen del laberinto.

Entró en el Registro Civil con el pulso acelerado, ocultando un hematoma en la mandíbula bajo el cuello de su chaqueta. El lugar era un purgatorio de papel amarillento y ventiladores ruidosos. Localizó a Lucía, su antigua compañera de facultad, en el cubículo 4-B. Ella levantó la vista, y antes de que Julián pudiera articular una palabra, el terror le desfiguró el rostro.

—Lucía, necesito el acceso a los registros de nacimiento de los fallecidos entre 1995 y 2005 —dijo Julián, ignorando la protesta de un funcionario.

—Vete, Julián. Aranda ya envió el memorándum. Si te ven conmigo, no solo perderé mi puesto, me borrarán igual que a los demás —respondió ella, con las manos temblando sobre el teclado.

—Elena Valdés no es un activo financiero, es una persona. Si no abres ese archivo, la purga la enterrará viva —insistió él, golpeando el mostrador con la urgencia de quien sabe que cada segundo es una moneda que se agota.

Lucía dudó, el miedo luchando contra la culpa. Finalmente, tecleó una secuencia de comandos. La pantalla mostró una anomalía: los registros de la élite estaban siendo manipulados sistemáticamente para borrar identidades. Julián capturó la pantalla, obteniendo una ubicación física: el Orfanato de San Judas. Un lugar que él mismo ayudó a cerrar años atrás.

Se refugió en una cafetería de mala muerte, donde el ruido de fondo era su única cobertura. Conectó la nota de voz de Elena. La voz de la heredera, antes perfecta, sonaba distorsionada por un patrón metálico de fondo. Al aplicar el filtro de cifrado que Rivas le había enseñado —al costo de su vida—, la frecuencia reveló una conversación entre el padre de Elena y el Fiscal Aranda. Elena no estaba cautiva; se había infiltrado. Estaba grabando su propia desaparición para desmantelar la constructora desde dentro. La revelación le golpeó el pecho: su llegada a San Judas era la pieza final de un plan que él desconocía.

Condujo bajo una lluvia ácida hasta la fachada de piedra caliza del orfanato. El lugar era un mausoleo victoriano que evocaba el fracaso de su carrera. Sus perseguidores, alertados por el rastro de su tarjeta de crédito, debían estar a minutos. Al tocar la madera podrida de la puerta principal, encontró una marca: un pequeño círculo atravesado por una línea vertical. La señal que Elena y él conocían. Al cruzar el umbral, Julián supo que no había retorno. El orfanato, el lugar que juró no volver a pisar, era el centro del tablero. Y Elena no estaba allí como una víctima, sino como el fantasma que estaba a punto de cambiar las reglas del juego.

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