Documentos manchados de sangre
El sótano del Archivo Municipal no era un lugar de trabajo; era una tumba burocrática. El aire, saturado de ozono y papel descompuesto, se le pegaba a la garganta a Julián Varga como una sentencia. A pocos metros, el eco de los pasos del Fiscal Aranda sobre el linóleo marcaba un ritmo de ejecución. No había prisa en ese sonido, solo la certeza del depredador que sabe que su presa está acorralada.
Rivas había muerto en silencio, un disparo seco que aún le zumbaba en los oídos. Julián se presionó contra el metal frío de una estantería, con el pulso martilleando contra sus sienes. La purga digital, ahora acelerada a noventa y seis horas, ya no era una advertencia; era el cronómetro de su propia desaparición.
—Sé que estás ahí, Varga —la voz de Aranda, gélida y cargada de una autoridad que no admitía réplicas, cortó el silencio—. Rivas fue un error de cálculo. Tú eres una consecuencia inevitable.
Julián bajó la vista hacia el fragmento del Libro Negro que sostenía. Era una carpeta de cuero desgastado, manchada con la sangre de Rivas. Sus dedos rozaron el borde de una rejilla de ventilación, un conducto de servicio que su contacto le había señalado minutos antes de expirar. Con un movimiento desesperado, Julián se deslizó por la abertura, sacrificando su linterna y su mochila. Mientras se arrastraba por el metal estrecho, escuchó el estruendo de la estantería siendo derribada por los hombres de Aranda. La purga física había comenzado: estaban limpiando el sótano, estante por estante.
Emergió en un cuarto de suministros en el tercer nivel, cubierto de hollín y temblando por la adrenalina. La penumbra apenas le permitía ver. Encendió una pequeña luz roja, la única que no delataría su posición bajo la puerta, y abrió la carpeta. No era un registro contable. Era una bitácora de ejecuciones sociales: nombres, fechas de transferencias y, al final de cada entrada, una fecha de caducidad escrita en tinta roja. Era chantaje puro, el seguro de vida de la constructora Aranda para mantener a la ciudad bajo su bota.
Julián pasó las páginas con una urgencia que le quemaba los dedos. Su nombre, Julián Varga, apareció en la página diecisiete, marcado con la misma tinta roja que los políticos y jueces cuya carrera había destruido la empresa. La fecha de caducidad estaba fijada para el mismo día de la purga. La revelación le golpeó con la fuerza de un impacto físico: Elena Valdés no lo había elegido por sus habilidades técnicas, sino porque su nombre ya estaba en la lista. Ella lo había arrastrado a este laberinto porque él era el único testigo que, al intentar salvarla, terminaría exponiendo su propia condena.
El edificio administrativo era una trampa. Los guardias peinaban los pisos superiores, bloqueando las salidas principales. Julián se puso en pie, con el Libro Negro oculto bajo su chaqueta. La única pista que le quedaba sobre el paradero de Elena, fragmentada en la nota de voz que aún guardaba en su teléfono, apuntaba a un lugar que él había jurado no volver a pisar: el antiguo orfanato de San Judas, clausurado hace una década por irregularidades que él mismo había ayudado a encubrir en su juventud.
Se deslizó hacia la salida de servicio, evitando las cámaras que ya estaban siendo manipuladas por el equipo de Aranda. Un guardia apareció en el corredor, su linterna barriendo las sombras. Julián, usando la información que acababa de descifrar, soltó un nombre que sabía que el guardia temía: el del jefe de seguridad de la constructora, un hombre que estaba en la lista de Aranda como 'prescindible'. El guardia se detuvo, confundido, y en ese segundo de duda, Julián lo golpeó y se abrió paso hacia la lluvia torrencial de la ciudad.
Afuera, la noche estaba cargada de una humedad eléctrica. Julián caminó hacia las sombras, sabiendo que ya no era un observador, sino un fugitivo. El Libro Negro pesaba como una piedra en su pecho. Tenía noventa y seis horas, pero la verdadera carrera no era contra el tiempo, sino contra el olvido. Elena estaba viva, y la última pista lo obligaba a regresar al lugar donde todo su cinismo había nacido. Mientras se alejaba del edificio, una notificación en su teléfono le recordó la purga: noventa y cinco horas y cuarenta minutos. El reloj corría, y el pasado, oscuro y manchado de sangre, lo esperaba en San Judas.