La trampa de los seis días
El aire en el sótano del archivo municipal era una mezcla asfixiante de ozono, polvo y el olor metálico de los servidores en agonía. Julián Varga se presionó contra el filo de una estantería metálica, sintiendo cómo el acero le marcaba la espalda mientras el eco de unos pasos firmes y deliberados rebotaba en el hormigón. No era una inspección de rutina. Era un desahucio de la verdad.
—Sé que estás ahí, Varga —la voz del Fiscal Aranda cortó el silencio con una precisión quirúrgica—. Rivas ya no podrá abrirte más puertas. De hecho, está siendo procesado en este preciso instante por acceso no autorizado. Un error que le costará toda una carrera, si es que logra salir de la comisaría sin cargos mayores.
Julián apretó el dispositivo móvil contra su pecho. La nota de voz de Elena seguía ahí, un ancla de realidad en medio del colapso inminente. Tenía 143 horas y 30 minutos antes de que el Libro Negro se convirtiera en ceniza digital y, probablemente, él en un desaparecido más de la ciudad. El costo de esta pista había sido su mejor aliado; el precio de salir del edificio empezaba a ser su propia libertad.
—No tienes nada, Fiscal —respondió Julián, forzando una firmeza que no sentía—. Solo tienes miedo de que alguien lea lo que Elena dejó atrás.
Un destello de linterna barrió el pasillo, obligando a Julián a deslizarse hacia la oscuridad del siguiente bloque. Al asomarse, la escena le heló la sangre: Rivas, su único contacto, era arrastrado por dos agentes de seguridad privada. Su rostro estaba amoratado, marcado por el castigo de quienes no toleran las preguntas incómodas. Aranda se acercó a él, le arrebató una carpeta y la arrojó al suelo con un desdén que equivalía a una sentencia de muerte.
—Tu error, Rivas, fue creer que la información tiene valor por sí misma —dijo Aranda, ignorando los ruegos del hombre—. La información solo vale lo que el poder decida que valga.
En ese momento, el dispositivo de Julián vibró. No era un mensaje, era un aviso del sistema. Un pop-up rojo parpadeó en la pantalla, una alerta que le cortó el aliento. La purga, programada inicialmente para seis días, se estaba acelerando. El algoritmo de la constructora Aranda había detectado la brecha y estaba devorando los archivos a una velocidad imposible. El contador descendió ante sus ojos: 96 horas. Cuatro días. El tiempo que le quedaba para exponer la corrupción se había reducido en un tercio en cuestión de segundos.
Julián intentó retroceder, pero un sonido metálico le confirmó que las salidas superiores estaban bloqueadas. Estaba atrapado en el mausoleo de los Valdés. Mientras esquivaba una patrulla que peinaba el pasillo, sus dedos rozaron un archivo físico que no debería estar allí. Al abrirlo, el horror se volvió personal: entre las listas de activos y los registros contables, apareció su propio nombre. Julián Varga. Marcado como 'Objetivo de Limpieza'.
No era solo un investigador buscando a una heredera; era una pieza que debía ser retirada del tablero antes de que el Libro Negro fuera expuesto. El Fiscal Aranda se detuvo a pocos metros, su traje impecable contrastando con la sordidez del sótano, y dirigió su mirada hacia la estantería donde Julián se ocultaba.
—Sabes demasiado, Julián —dijo Aranda, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Y en esta ciudad, saber es el pecado que nadie perdona.
Julián soltó el dispositivo, dándose cuenta de que ya no tenía escape. El costo de la verdad acababa de subir al precio de su vida.