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Chapter 2: El precio de la verdad

Julián Varga confirma que Elena Valdés ha sido 'archivada' por su familia para ocultar la corrupción de la constructora Aranda. Al intentar extraer la prueba, el Fiscal Aranda lo intercepta en el archivo municipal, revelando que la purga es tanto digital como física. El capítulo termina con la inminente captura de Julián y la confirmación de que su aliado, Rivas, ha sido neutralizado.

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El precio de la verdad

El aire en el archivo municipal no solo estaba viciado por el polvo; sabía a ozono y a sentencia inminente. Julián Varga ajustó el cierre de su chaqueta, ocultando el dispositivo donde la voz de Elena Valdés, grabada en una nota que no debería haber existido, resonaba como un eco de ultratumba. Tenía exactamente 143 horas y cuarenta minutos antes de que el servidor central borrara todo registro de la constructora Aranda y, con ello, la prueba de que Elena no había huido, sino que había sido eliminada de la realidad social por su propia sangre.

La primera pista, un código de estante marcado con tinta fresca en un legajo de 1994, lo había conducido a este pasillo marginal. Julián se detuvo frente al estante 4-B. Sus manos, habituadas a la frialdad del papel, temblaban ligeramente. No era miedo, era la descarga de adrenalina al confirmar que el sistema lo estaba guiando. Elena no buscaba ser rescatada; ella estaba diseñando un mapa de demolición.

—El estante 4-B —susurró para sí mismo, su voz perdiéndose en la penumbra del sótano—. Si esto es real, el precio será más alto de lo que puedo pagar.

Al retirar el archivo, una notificación vibró en su bolsillo. No era un mensaje, sino una alerta de seguridad interna: el acceso remoto a la base de datos de la fiscalía se había cerrado de golpe. Julián sacó su teléfono. La voz de Rivas, su único contacto, sonaba como un cristal roto a través del auricular.

—¿Sigues ahí, Julián? —preguntó Rivas, con una urgencia que rayaba en el pánico—. Te dije que no tocaras el estante 4-B. Ese sector está bajo auditoría directa de la Fiscalía General. Escúchame bien: han bloqueado mis credenciales. Aranda sabe que estás dentro. Si te atrapan, no hay placa que te salve.

—No es una auditoría, es una limpieza, Rivas —respondió Julián, bajando la voz mientras se ocultaba tras una estantería metálica—. Elena no desapareció. La archivaron. Su propia familia está borrando su existencia del registro civil y de las cuentas de la constructora. Si no me das el acceso a la base de datos de flujo de caja, el rastro se enfría hoy mismo.

—Si entro en esa base, mi carrera es lo primero que entregan en el matadero —replicó Rivas—. Estás solo, Julián. Sal de ahí antes de que cierren las salidas.

La llamada se cortó. El zumbido del servidor en el sótano, antes un murmullo mecánico, ahora sonaba como un cronómetro. Julián guardó el teléfono y se movió entre las hileras de estantes metálicos. Sus pasos, antes calculados y silenciosos, ahora resonaban con una urgencia que lo delataba. Cada sombra en el pasillo parecía alargarse para atraparlo.

Al llegar al extremo del pasillo, se detuvo en seco. Al final del corredor, una figura recortada contra la luz blanca del pasillo principal avanzaba con la parsimonia de quien no necesita apresurarse porque ya es dueño del tiempo ajeno. El Fiscal Aranda no caminaba; patrullaba. Su traje impecable, gris ceniza, desentonaba con la mugre burocrática del sótano. Aranda se detuvo, ajustándose los gemelos, y clavó sus ojos en Julián. No hubo sorpresa en su rostro, solo una decepción calculada.

—Varga —la voz del fiscal era un golpe seco, desprovisto de cualquier amabilidad—. Sabía que tu obsesión por los expedientes cerrados te traería aquí. Pero el archivo municipal no es un lugar para investigadores independientes. Es un cementerio para quienes no saben cuándo dejar de escarbar.

Julián se tensó, midiendo la distancia hacia la salida de emergencia. Aranda no estaba solo; dos oficiales de custodia especial surgieron de las sombras, bloqueando el único camino de escape. El Fiscal dio un paso adelante, su mirada fija en el bolsillo de la chaqueta de Julián, donde el dispositivo con la nota de voz parecía pesar como plomo.

—Sabes lo que contiene ese archivo, ¿verdad? —dijo Aranda, con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos—. Elena no es una persona, Julián. Es una serie de activos. Y tú acabas de convertirte en un pasivo que debemos liquidar.

Julián sintió un escalofrío. La purga no era solo digital; era una eliminación física. Mientras el Fiscal se acercaba, el teléfono de Julián volvió a vibrar. Un mensaje de Rivas: "Me han localizado. Están en camino". Julián miró a Aranda. El Fiscal ya no estaba jugando al gato y al ratón; estaba cerrando la trampa. En ese momento, Julián comprendió que la verdad tenía un costo que él aún no había terminado de pagar: su aliado, el único que conocía la profundidad de la corrupción de Aranda, estaba siendo arrestado justo afuera, y él era el siguiente en la lista.

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