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Chapter 10: La verdad al descubierto

Julián logra iniciar la subida del Libro Negro desde un nodo clandestino mientras es hackeado por la fiscalía. Ante la inminente captura, fragmenta los datos y los difunde. Elena Valdés se entrega a la policía para distraer al operativo y asegurar que la transmisión no sea interrumpida.

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La verdad al descubierto

El aire en el cibercafé de la periferia sabía a ozono quemado y a la amargura de los que no tienen nada que perder. Julián Varga se hundió en la silla de plástico, ignorando el latigazo de dolor que le recorría el costado izquierdo; la herida, mal cerrada tras la huida de San Judas, filtraba una mancha oscura que se extendía por su camisa como una sentencia.

Tenía 95 horas y 28 minutos antes de que el servidor central de la municipalidad borrara cualquier rastro del Libro Negro. Sus dedos, temblorosos pero metódicos, conectaron la unidad de almacenamiento al puerto USB de una torre destartalada. La pantalla parpadeó, revelando un sistema operativo de código abierto que apenas lograba sostenerse. Julián no buscaba elegancia; buscaba un túnel hacia la red pública. Cuando el icono del archivo apareció, el peso de lo que contenía —la masacre de la constructora Aranda, los nombres enterrados en los cimientos de los nuevos desarrollos inmobiliarios, la complicidad del sistema que él mismo había servido durante años— se sintió como una soga apretándose en su garganta.

—Vamos —susurró, con la voz quebrada. La barra de progreso apareció: 0%. La subida comenzó con una lentitud agónica. Julián escaneó la sala. Apenas dos adolescentes jugaban en una esquina, ajenos al hombre que intentaba desmantelar una dinastía desde un rincón sombrío.

De pronto, el monitor se volvió negro. Una línea de comandos, familiar y terrorífica, comenzó a correr por la pantalla: ACCESS DENIED. SYSTEM BREACH INITIATED. Aranda no solo lo perseguía en las calles; el fiscal estaba dentro de su nodo. El zumbido del servidor se transformó en un silbido agudo. La barra de progreso retrocedió al 38%. El sistema de la fiscalía estaba reescribiendo el núcleo del archivo para corromperlo.

—Maldita sea, Elena —gruñó, apretando los dientes. Ahora entendía la jugada: él no era un aliado, era un cebo diseñado para atraer la atención mientras ella operaba desde las sombras.

Julián se levantó, mareado, y comenzó a fragmentar la información. Si no podía subir el bloque completo, lo enviaría en paquetes cifrados a cada nodo independiente de noticias que conociera. En ese instante, la policía irrumpió en la planta baja con un estruendo de cristales rotos y gritos autoritarios. El cerco se cerraba. Julián se atrincheró en el cuarto de servidores, bloqueando la puerta con una estantería metálica. El tiempo de escape se había agotado; ahora solo quedaba el sacrificio.

Con la policía golpeando la puerta, Julián saltó el firewall de la fiscalía en un último esfuerzo. La transmisión comenzó a propagarse por redes sociales. La verdad, cruda y sin editar, empezó a fluir hacia el dominio público. Pero el servidor, sobrecargado por un ataque de denegación de servicio, comenzó a colapsar. La pantalla se tiñó de rojo. Julián observó a través de la ventana cómo las luces de las patrullas iluminaban la calle, y entre ellas, una figura solitaria se entregaba con las manos en alto: Elena Valdés. Ella se sacrificaba para que la atención se desviara de él, permitiendo que la transmisión continuara. El servidor lanzó un último aviso de hackeo mientras los datos, por fin, se volvían imparables.

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