La espiral de la gala
El salón de baile del Hotel St. Regis no era un espacio de celebración, sino un tablero de ajedrez donde cada pieza tenía un precio marcado en su base. Elena Valdés ajustó el broche de zafiro en su cuello, sintiendo el peso del metal como una cadena invisible. A su lado, Julián Varela se movía con una precisión depredadora, su presencia proyectando una sombra que obligaba a los invitados a abrirse paso.
—Recuerda, Elena —la voz de Julián fue un susurro gélido que apenas rozó su oído—. En este salón, tu deuda es mi inversión, y mi reputación es tu único seguro de vida. Sonríe. La prensa está a las tres en pu
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