Protección a cualquier precio
El aire en la suite del St. Regis era tan denso que parecía sólido. Elena dejó el bolso sobre la mesa de mármol; el golpe seco del cierre metálico fue el único sonido en la estancia. Julián, de espaldas, observaba la Ciudad de México desde el ventanal, una silueta rígida contra el resplandor de Paseo de la Reforma.
—Altamirano no estaba fanfarroneando, ¿verdad? —Elena no buscó consuelo, sino la verdad. Su voz, despojada de la cortesía que la gala exigía, cortó el silencio—. Existe una cláusula de caducidad. Mi libertad no es un regalo, es un cronómetro.
Julián se giró. Su rostro era una máscara de neutralidad, la misma que usaba an
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