El costo del silencio
El despacho de Julián Varela no era un espacio de trabajo; era una fortaleza de caoba y cuero donde el aire se sentía filtrado por la ambición. Elena Valdés, sentada frente al escritorio, sentía que cada segundo de silencio era una auditoría a su propia desesperación. La cena familiar de la noche anterior, con Beatriz Varela diseccionando su linaje y su ruina con la precisión de un bisturí, no había sido un simple desplante. Había sido una advertencia: en el mundo de los Varela, la debilidad se devora.
Elena no estaba allí por elección, sino por una necesidad que le quemaba la garganta. Si iba a liderar la fundación
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