La fachada de cristal
El aire dentro de la limusina blindada era un vacío asfixiante, cargado con el aroma a cuero tratado y el perfume amaderado de Julián Varela. Afuera, el caos de la gala del Hotel Imperial se desvanecía, pero el eco de los flashes seguía quemando la retina de Elena. Ya no era Elena Valdés, la heredera; ahora era el activo estratégico de un hombre que, en ese preciso instante, ni siquiera se dignaba a mirarla, absorto en la pantalla de su tableta.
—Tu ejecución fue impecable, Elena —dijo Julián, sin levantar la vista. Su voz era una navaja envuelta en seda, desprovista de cualquier calidez—. Pero no confundas el protocolo con la realidad.
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