Deuda de honor
La suite presidencial del Hotel Imperial olía a jazmín marchito y a café frío. Elena permanecía de pie junto al ventanal, el teléfono aún caliente en la palma. La pantalla mostraba el mismo pantallazo una y otra vez: la cláusula 14.b, resaltada en amarillo, acompañada de la palabra “fraude” en todos los portales de chismes financieros de la ciudad. No era solo su nombre el que ardía; era la prueba documental de que había firmado su propia jaula.
La puerta se abrió sin aviso. Julián entró con el nudo de la corbata ya suelto y una carpeta de manila bajo el brazo. No saludó. Dejó caer el dossier sobre la mes
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