Bajo el escrutinio social
Elena estaba frente al espejo del vestidor principal cuando el teléfono vibró sobre la cómoda de caoba. El sonido cortante le recorrió la columna. Abrió el mensaje anónimo sin dudar. Una captura granulada del testamento original. La cláusula subrayada en rojo digital: «…el matrimonio deberá contraerse con Elena Valdés o persona designada por ella en un plazo no mayor a seis meses tras mi fallecimiento». Debajo, un titular que ya acumulaba miles de retuits: «El matrimonio Valdés-De la Vega fue diseñado por el patriarca. No amor. Herencia. ¿Cuánto le pagó Julián por comprar a la hija en desgracia?».
El pulso se le alojó en la garganta. No era solo la filtración. Era la precisión: habían fotografiado exactamente la página que demostraba que su nombre no había sido casualidad. Alguien quería que ella supiera que el mundo estaba a punto de saberlo también. Sesenta y cuatro horas. Eso quedaba antes de que el consejo votara la nulidad. Sesenta y cuatro horas
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