La alianza inesperada
El ascensor privado del corporativo De la Vega se detuvo en el piso 47 con un susurro casi imperceptible. Julián mantuvo la mano en la cintura de Elena hasta que las puertas se cerraron por completo. Solo entonces la soltó, pero el calor de su palma permaneció en la tela del vestido.
—Sesenta y cuatro horas —dijo ella antes de que él abriera la boca—. Cuatro se fueron en el vestíbulo mientras fingíamos que no nos grababan desde cada ángulo.
Julián consultó el reloj de pared: 22:14. Asintió una sola vez.
Elena ya caminaba hacia el escritorio. De su clutch extrajo una carpeta de piel negra, delgada como una sentencia. La depositó con un golpe seco y la abrió sin preámbulos. Tres documentos: el testamento original, copia certificada del Anexo 4.2 y una hoja con sus anotaciones en tinta azul.
—¿Desde cuándo
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