La máscara de la lealtad
El comedor de la mansión De la Vega era un escenario diseñado para la asfixia. La plata pulida reflejaba la luz de las lámparas de cristal con una frialdad quirúrgica, y Beatriz de la Vega, sentada a la cabecera, no necesitaba levantar la voz para que su desprecio llenara la estancia.
—Es fascinante, Elena —dijo Beatriz, dejando su copa de vino con un chasquido seco—. La fortuna de los Valdés se evaporó con la elegancia de un truco de magia, y sin embargo, aquí estás, luciendo un diamante que Julián apenas se dignó a comprar para su primera prometida. ¿Es el contrato matrimonial lo suficientemente amplio como para cubrir también el costo
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