Cláusulas de seda y acero
El estudio de Julián de la Vega no era una oficina; era un mausoleo de poder. El aroma a cuero tratado y tabaco importado se adhería a las paredes, asfixiando cualquier rastro de la vida que Elena Valdés había conocido antes de la gala. Julián permanecía de espaldas, observando los jardines de la mansión como si fueran un tablero de ajedrez donde él movía las piezas sin que nadie más viera sus manos.
—El anexo 4.2 —dijo Elena, su voz cortando el silencio como un bisturí—. Quiero revisarlo. Ahora.
Julián cerró el expediente que sostenía con un movimiento seco, quirúrgico, antes de girarse. La luz de la lámpara de pie dividía su rostro en dos, dejando sus ojos en una
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