Ecos de un escándalo
El mármol del vestíbulo del Hotel Presidente no era una superficie, sino un escenario. Elena Valdés caminaba sobre él con la precisión de quien sabe que cada sonido de sus tacones es una nota en un informe de inteligencia. Eran las diez de la mañana; la luz cenital, implacable, diseccionaba su rostro buscando la grieta que el escándalo de la gala no había logrado abrir.
Rafael Montenegro la esperaba en la mesa del rincón, el mismo hombre que durante años había gestionado la contabilidad de su padre con una sonrisa servil. Ahora, su expresión era la de un enterrador.
Elena dejó caer una carpeta de cuero sobre la mesa. No hubo saludo. Dentro, la copia certific
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