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Chapter 8: El precio de la traición

Elian descubre que el Maestro Kael es el arquitecto de la corrupción que intentaba exponer. Tras intentar usar esta información como chantaje, Kael revela que la purga es una herramienta de control institucional. Elian intenta forzar su ascenso en el Patio Central, pero el sistema bloquea su acceso debido a su firma energética, dejándolo acorralado por Valeria y los ejecutores.

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El precio de la traición

El aire en el Nivel -3 de la Biblioteca Prohibida sabía a ozono y a sellos de contención agrietados. Elian Vark se hundió en las sombras, apretando los dientes contra una punzada de dolor en el pecho; el nodo prohibido, ahora consumido, dejaba un vacío gélido donde antes fluía la potencia que lo mantenía en el rango 290. Afuera, el eco de los pasos metálicos de los ejecutores de Valeria resonaba contra las estanterías, un metrónomo implacable marcando los segundos antes de la purga.

Sus dedos, entumecidos por el esfuerzo, hurgaron en un registro fragmentado extraído del terminal de auditoría. La pantalla parpadeó, proyectando una luz azulada sobre su rostro. No eran errores de sistema, sino una serie de transferencias de créditos de rango hacia cuentas cifradas en el sector administrativo. El corazón le dio un vuelco al identificar la firma digital que validaba cada transacción ilegal: la rúbrica del Maestro Kael. La traición de Silas no había sido un accidente; era un movimiento orquestado desde la oficina del hombre que, supuestamente, debía supervisar su expulsión.

Elian se movió por los pasillos de servicio con una urgencia febril. En un recoveco cerca del archivo de suministros, interceptó a Valerius, un administrador de la facción externa. El hombre, con su túnica impecable, intentó esquivarlo, pero Elian lo acorraló contra la pared, presionando un fragmento de cristal de datos contra su garganta.

—No intentes sobornarme —cortó Elian, viendo cómo el administrador abría la boca—. Tu dinero no borra el registro de la purga que intentaste forzar. Necesito acceso total al servidor central del nivel superior. Ahora.

—¿Crees que eres el primero que intenta hackear la jerarquía, Vark? —soltó el administrador con una risa nerviosa—. Si te doy ese código, no solo pierdes la vida, pierdes tu futuro. La facción no perdona la traición.

—Ya he perdido mi futuro desde que intentaron purgarme —respondió Elian, apretando el cristal hasta que el hombre hizo una mueca de dolor—. Dame el código o haré que estos datos lleguen al Consejo de Disciplina en menos de un minuto.

Con el código temporal en su poder, Elian se dirigió a la oficina de Kael bajo el pretexto de una consulta académica. El despacho estaba denso, saturado con el olor metálico de los sellos de supresión. Kael no levantó la vista de sus registros.

—Tu firma energética no miente, Elian —dijo Kael, su voz un filo de acero—. Has consumido un nodo prohibido. La Academia no tolera el uso de catalizadores no autorizados.

Elian deslizó el cristal de memoria sobre el escritorio. —Si mi firma es una irregularidad, Maestro, entonces este registro es un cáncer. Estos créditos fluyen hacia los administradores del sector sur. Hacia usted.

Kael dejó caer la pluma. Sus ojos, antes distantes, se clavaron en Elian con una intensidad depredadora. —Crees que has encontrado una salida, muchacho —dijo Kael, levantándose lentamente—. Pero no comprendes el juego. La facción no me controla a mí; yo soy quien gestiona el flujo para mantener el equilibrio de esta institución. Tu purga no es una injusticia, es el precio de la estabilidad.

Elian sintió un escalofrío. La conspiración era absoluta. Salió de la oficina y corrió hacia el Patio Central para intentar forzar su ascenso. Sus manos se deslizaron sobre la interfaz de cristal. Tenía el código, pero al intentar procesarlo, una luz carmesí bañó el patio. La pantalla se bloqueó: ERROR DE ORIGEN: ANOMALÍA EN LA FIRMA ENERGÉTICA. ACCESO DENEGADO POR PROTOCOLO DE PURGA.

Elian se quedó paralizado ante el terminal. Su rango, lejos de subir, se congeló. Valeria Sol apareció en la escalinata, observándolo con una sonrisa triunfal mientras los ejecutores cerraban el círculo. Kael no solo lo había expuesto; lo había condenado al sistema mismo.

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