Mercado de sombras
Elian Vark salió de la sala de pruebas con los nudillos blancos, el eco del zumbido eléctrico del artefacto destruido aún vibrando en sus huesos. En su brazalete, el número 412 parpadeaba con una luz mortecina. Era una cifra miserable, pero le compraba siete días de vida en la Academia Aguja de Cristal. Siete días antes de que la escalera de rango se bloqueara para el ciclo estacional.
Al cruzar el pasillo de obsidiana, una sombra se desprendió de un pilar. El Maestro Kael no bloqueó su paso, pero su presencia era un muro infranqueable.
—Tu firma energética fue... inusual, Vark —dijo Kael, con la voz tan afilada como el cristal de las paredes—. La mayoría de los estudiantes apenas logran estabilizar el flujo. Tú, en cambio, parecías desmantelar la realidad del artefacto desde dentro. ¿De dónde sacaste esa técnica?
Elian sintió un frío metálico en la nuca. Sus créditos marcaban 0.04; ni siquiera el precio de un cuenco de gachas de cultivo. Mentirle a Kael era un suicidio administrativo, pero confesar el mercado negro era una sentencia de expulsión inmediata.
—Solo intentaba sobrevivir, Maestro —respondió Elian, manteniendo el contacto visual—. El artefacto estaba defectuoso. Me adapté.
Kael dejó que el silencio se estirara, un cable a punto de romperse. Finalmente, esbozó una sonrisa carente de calidez.
—La adaptabilidad es una virtud. Pero en esta academia, el éxito sin linaje atrae atención no deseada. Asegúrate de que tu próximo movimiento sea igual de brillante, o la próxima auditoría no será tan indulgente.
Elian se alejó, sintiendo el peso de la sospecha. Tenía siete días y nada de capital. Se dirigió al Mercado de Subastas, el corazón financiero de la Academia, donde el rango es la moneda y el desprecio es la norma. Con sus 0.04 créditos, caminó entre los puestos con una determinación gélida, buscando errores de fabricación que el sistema de tasación ignoraba. Se detuvo ante un contenedor de desechos metálicos que los herederos evitaban. Allí, bajo restos de un núcleo de maná fundido, brillaba un componente inestable, una reliquia de un experimento prohibido que emitía una vibración errática.
—Esa chatarra te matará si intentas conectarla a tu red —se mofó una voz a sus espaldas. Valeria Sol, flanqueada por dos secuaces, se detuvo a pocos metros. Su mirada era una mezcla de desprecio y curiosidad maliciosa—. ¿Buscas un suicidio rápido, Elian?
Elian ignoró el veneno en sus palabras y entregó sus últimos créditos al subastador. En el momento en que el cristal tocó su mano, una descarga fría recorrió su brazo. No estaba dañado; estaba bloqueado por un sello de seguridad de baja calidad que solo él sabía interpretar.
Al salir del mercado, los dos secuaces de Valeria bloquearon su camino en un callejón lateral.
—Ese núcleo va a estallar en tu mano antes de que llegues a los dormitorios —amenazó uno, dando un paso al frente—. Entrégalo.
Elian no huyó. Manipuló la frecuencia del núcleo, inyectando un pulso de su propia energía en la inestabilidad del artefacto. En lugar de una explosión, el objeto emitió una descarga defensiva de alta frecuencia, una onda de choque sónica que hizo retroceder a los atacantes, dejándolos aturdidos y con los oídos sangrando. La demostración de fuerza fue pública, atrayendo las miradas de varios estudiantes de alto rango que observaban desde los balcones superiores.
Refugiado en su celda, Elian examinó el núcleo bajo la luz mortecina. Parecía una chatarra, pero al aplicar la técnica prohibida, descubrió una frecuencia oculta que resonaba con su propio sistema de cultivo. Conectó su energía; el artefacto se estabilizó, otorgándole un flujo constante de maná puro. Era el arma que necesitaba, pero al mirar su brazalete, una notificación parpadeó en rojo: una citación oficial para un duelo de rango superior. El Top 10 ya estaba observando, y su ascenso acababa de convertirse en una diana pública.