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Chapter 1: El precio de la irrelevancia

Elian Vark, al borde de la expulsión por su bajo rango y falta de créditos, utiliza un artefacto dañado modificado con una técnica prohibida para superar la auditoría pública. Su éxito, aunque le otorga una semana de gracia, dispara una alarma en el despacho del Maestro Kael, marcándolo como una anomalía peligrosa.

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El precio de la irrelevancia

El tablero holográfico de la Academia Aguja de Cristal palpitaba con un rojo agónico sobre el nombre de Elian Vark. Rango: 498. Estado: Crítico. Tiempo restante para la purga estacional: 42 minutos. Elian sintió el peso del silencio en la plataforma de auditoría; un vacío denso, cargado de expectativas ajenas que él no tenía intención de cumplir.

A su alrededor, los herederos de las grandes casas, con sus túnicas tejidas en seda de maná, intercambiaban miradas de desprecio. Valeria Sol, cuya posición en el top diez le otorgaba una aureola de luz estática casi insultante, se adelantó con paso felino. Sus ojos, fríos como el acero templado, recorrieron la ropa remendada de Elian antes de soltar una risita que resonó en el anfiteatro.

—El sistema no es un refugio para los que no tienen linaje, Elian —dijo ella, asegurándose de que el Maestro Kael, sentado en su estrado elevado, escuchara cada palabra—. Estás desperdiciando el espacio de alguien que sí merece estar aquí. ¿Por qué no te ahorras la humillación y entregas tu insignia ahora mismo?

Elian apretó los puños. Su cuenta de créditos estaba en 0.04. Su única posesión era un núcleo de canalización agrietado, recuperado de la chatarrería del sector bajo. La mayoría lo llamaría basura, pero Elian había pasado semanas descifrando una frecuencia de flujo que los ingenieros de la Academia habían olvidado hace décadas.

El zumbido del núcleo de la plataforma comenzó a vibrar. Frente a él, el artefacto parpadeaba con un tono violeta enfermizo. Si fallaba, la sobrecarga del sistema no solo lo expulsaría; le costaría los huesos por la descarga de retroalimentación.

—¿Vas a terminar de jugar con esa chatarra, Vark? —la voz de Valeria cortó el aire como un látigo de seda—. La auditoría cierra en diez minutos. El sistema no tiene paciencia para los parásitos.

Elian no respondió. Sus dedos, callosos por el trabajo de mantenimiento, se cerraron sobre el núcleo. Inyectó una técnica prohibida, un método de extracción forzada que obligaba al maná a fluir a través de las grietas del artefacto en lugar de sus canales estandarizados. Por un segundo, el mundo se detuvo. El núcleo emitió un chillido metálico, y una columna de energía pura, inestable y salvaje, se disparó hacia el sensor central de la plataforma.

El sistema, acostumbrado a las firmas de energía limpias de los herederos, se bloqueó. Las luces de la sala parpadearon violentamente. El rango de Elian en el tablero principal comenzó a subir a una velocidad vertiginosa: 498... 450... 412. El salto fue tan brusco que el Maestro Kael se inclinó hacia adelante, con los ojos entrecerrados, analizando la firma energética que acababa de romper los protocolos de medición.

Cuando la energía se disipó, Elian cayó de rodillas, con los pulmones ardiendo. El artefacto en su mano se convirtió en polvo gris. Había sobrevivido, pero el costo de esa victoria era una debilidad absoluta y una cuenta de créditos que, aunque le permitía respirar una semana más, lo dejaba vulnerable ante cualquier movimiento de sus rivales.

Al caminar por el pasillo de mármol hacia la salida, las miradas de los estudiantes de alto rango se clavaban en su espalda. Valeria Sol lo observaba con una expresión de gélido desdén que no lograba ocultar la grieta en su seguridad. Ella sabía lo que él había hecho: había roto el protocolo, había forzado la máquina y, lo más importante, había ganado.

De repente, un sonido agudo y chirriante resonó en los pasillos. Elian se detuvo en seco. A lo lejos, en el ala administrativa, una alarma silenciosa comenzó a parpadear en el despacho privado del Maestro Kael. La técnica prohibida había dejado un rastro, una firma única que Kael estaba empezando a rastrear. Elian se quedó solo con el artefacto convertido en cenizas y la certeza de que su ascenso, aunque exitoso, acababa de atraer la atención más peligrosa de toda la Academia. El juego de la escalera acababa de cambiar, y ahora, él era el objetivo.

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