El costo de la luz prohibida
El aire en la Plataforma de Auditoría aún crujía con el ozono de la descarga. Elian Vane se mantuvo erguido, con los dedos entrelazados tras su espalda para ocultar el espasmo violento que le recorría el antebrazo derecho. Frente a él, los tres jueces de la Academia observaban con ojos de halcón; sus pizarras de energía, todavía saturadas por el impacto de su técnica de 'bombeo por vacío', parpadeaban en rojo.
—Elian Vane —dijo el juez principal, un hombre cuya túnica gris parecía tejida con ceniza—. Tu rendimiento ha sido... estadísticamente improbable. Un estudiante de tu rango, con tus recursos, no debería ser capaz de estabilizar un núcleo de grado inestable, mucho menos canalizarlo con tal pureza.
Elian sintió una punzada de fuego líquido ascendiendo por sus meridianos. El núcleo, ahora alojado en su pecho, latía con una cadencia errática, como un corazón de metal fundido que exigía más espacio. Si perdía la compostura, el dolor lo delataría ante la mirada inquisidora de la élite.
—La desesperación es un maestro eficiente, juez —respondió Elian, forzando una calma gélida mientras su piel, bajo la túnica, emitía un tenue brillo metálico—. No busqué un atajo, sino una revelación tardía de mi propia capacidad. Los recursos de la Academia son limitados, pero mi voluntad de aprovecharlos no lo es.
El juez principal entrecerró los ojos, comparando los datos en su pizarra flotante con la realidad del muchacho. Elian abandonó la plataforma con el rango asegurado, pero al doblar la esquina, el brillo metálico en su brazo se intensificó, perforando la tela de su manga como si su propia anatomía estuviera siendo reescrita por la energía cruda del artefacto.
En los pasillos de los niveles bajos, Valeria Solís, impecable en su seda reforzada, bloqueó su paso. Su presencia era un recordatorio constante de la jerarquía que él pretendía fracturar.
—Tu paso es inestable, Vane —dijo ella, con una voz que cortaba como un látigo—. Casi tanto como tu posición. El Consejo no suele pasar por alto los aumentos de poder repentinos. ¿Qué estás ocultando?
Elian se apoyó contra la pared, sintiendo cómo el núcleo devoraba su vitalidad para estabilizarse. —Quizás solo he encontrado un patrocinador con mejor gusto que el tuyo, Solís —respondió, forzando una sonrisa que le costó un espasmo de dolor. La mentira era su única armadura. Valeria no se movió; ella sabía que él estaba al límite, y su desdén se transformó en una vigilancia fría y calculadora.
Al llegar a su celda, el Maestro Kaelen lo esperaba entre las sombras. No hubo palabras de aliento. Kaelen señaló el brazo de Elian, donde las venas palpitaban con luz plateada.
—El precio de la ambición se paga por adelantado, Vane. Estás usando tu propia vida como combustible para esa técnica de vacío. Es una cuenta regresiva, no un ascenso.
Elian ignoró la advertencia, volcando los pocos recursos obtenidos en la prueba hacia la reparación de sus meridianos. El dolor fue una descarga directa al sistema nervioso, pero el núcleo respondió, fusionándose más profundamente con su sistema. Logró una reparación parcial, pero el costo fue una marca permanente de quemadura en su canal de energía.
En la soledad de la noche, Elian accedió al Archivo Central. El sistema de seguridad gemía bajo el peso de su intrusión. Sus dedos temblaban sobre la consola de cristal mientras filtraba los registros. Una lista de nombres apareció: cincuenta y dos estudiantes, todos clasificados como 'desvinculados'. No era expulsión. Era recolección. Los de bajo rango eran devorados para alimentar los núcleos de los estudiantes de élite.
El núcleo en su pecho palpitó violentamente, quemando su canal de energía al comprender que el sistema no era una escalera, sino un matadero. Elian Vane no solo debía ascender; debía sobrevivir a la purga antes de que su propio corazón de metal lo consumiera por completo.