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Chapter 1: La última moneda de la dignidad

Elian Vane, al borde de la expulsión, utiliza sus últimos recursos para adquirir un núcleo de energía inestable. Tras sincronizarlo mediante una técnica prohibida, se presenta ante la auditoría pública de la Academia, forzando un despliegue de poder que pone en riesgo su propia integridad física.

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La última moneda de la dignidad

Elian Vane no miraba hacia las torres de la Academia del Ápice, donde los rangos superiores flotaban entre nubes de energía pura. Miraba sus manos. Estaban manchadas de grasa alquímica y temblaban con una frecuencia que delataba un agotamiento severo de meridianos. Tenía exactamente tres horas antes de que la campana de auditoría marcara su sentencia de expulsión.

—Elian, si sigues hurgando en ese montón de escoria, al menos ten la decencia de hacerlo fuera de mi vista —la voz de Valeria Solís cortó el aire con la precisión de una hoja de obsidiana. Estaba de pie sobre la plataforma de mármol pulido, su uniforme inmaculado brillando con el aura de quien no conoce la escasez—. Tu presencia aquí es un insulto a la eficiencia de esta institución. La estadística no miente: eres un desperdicio de recursos.

Elian no levantó la vista del montón de chatarra. Sus dedos se movían con una urgencia calculadora. Para Valeria, él era un error estadístico; para Elian, ella era solo una variable de distracción. Cada palabra de desprecio de Valeria era un escudo; mientras ella se enfocaba en humillarlo, nadie más se molestaba en mirar qué estaba comprando realmente en el mercado de residuos.

—Tu expulsión es una formalidad necesaria, Vane —continuó ella, acercándose hasta que el aroma a incienso de alta gama de sus ropas se mezcló con el olor a metal oxidado—. La familia Vane cayó hace años. No intentes arrastrar a nadie más contigo en tu descenso.

Elian encontró lo que buscaba: un núcleo de energía inestable, descartado por los técnicos de la Academia por considerarse una pieza con fugas de frecuencia. Lo ocultó bajo su túnica con un movimiento fluido. Había costado cada moneda de su reserva de subsistencia, pero la lectura de su aura, aunque débil, era prometedora. Valeria se alejó con un desdén que Elian agradeció; su arrogancia era el mejor camuflaje para sus movimientos.

El taller del Maestro Kaelen olía a ozono quemado y metal rancio. Sobre la mesa, el núcleo pulsaba como un corazón agónico.

—Si no lo sincronizas en cinco minutos, la inestabilidad lo hará estallar en tu mano —dijo Kaelen desde la sombra, su voz seca y desprovista de compasión. Lanzó un destornillador de resonancia sobre la mesa—. Estás jugando con el margen de error, Elian. Si intentas forzar el flujo, el núcleo absorberá tu vitalidad en lugar de ceder su energía. Eso es una sentencia de muerte, no un ascenso.

Elian no respondió. Sus dedos, callosos por años de trabajo servil, se movieron con una precisión que no procedía de la instrucción oficial, sino de la desesperación. Para él, la cultivación era una contabilidad estricta: cada gramo de energía invertido debía devolver el doble en potencia o ser desechado.

Cerró los ojos, ignorando el sudor frío que le recorría la nuca. Utilizó una técnica prohibida, un método de «bombeo por vacío» que el Consejo consideraba una herejía contra la eficiencia del sistema. Sincronizó su pulso con la frecuencia errática del núcleo. El dolor fue inmediato, como si agujas de hielo atravesaran sus meridianos, pero el núcleo comenzó a estabilizarse. La energía, antes inerte y caótica, empezó a fluir hacia sus canales con una intensidad antinatural. El cristal, antes opaco, comenzó a brillar con una luz dorada y agresiva. Había hackeado el sistema de recursos de la Academia; el artefacto estaba ahora bajo su control absoluto.

El Gran Salón de Auditorías estaba abarrotado. Elian caminó sobre el mármol pulido, sintiendo el peso de su humillación familiar como una losa invisible. A su alrededor, los estudiantes de rango alto intercambiaban miradas gélidas, expectantes por ver cómo el último Vane era borrado de los registros.

—Elian Vane —la voz del magistrado retumbó, carente de cualquier rastro de piedad—. Tienes el tiempo justo antes de que la campana de cierre selle el ciclo. Presenta tu prueba de rango o acepta tu expulsión inmediata.

Valeria Solís, en la primera fila, sostenía un abanico de seda que apenas ocultaba su sonrisa triunfal. Elian ignoró su mirada. La campana comenzó a vibrar, un sonido profundo que marcaba el final de las oportunidades para los rezagados. Elian sacó el núcleo. Al contacto con el aire, el artefacto rugió. Inyectó su propia energía, forzando al sistema de la Academia a reconocer un nivel de salida que, por derecho, no debería existir en un estudiante de su rango. La campana de auditoría sonó, y Elian debió presentar su artefacto ante los jueces, sintiendo cómo el núcleo comenzaba a quemar su canal de energía, revelando que el precio de su poder podría ser su propia vida.

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