Auditoría en el filo
El aire en la Arena de Pruebas no era oxígeno, sino una mezcla densa de ozono y el desprecio gélido de los rangos superiores. Elian Vane sintió cómo la marca de quemadura en su antebrazo palpitaba, un recordatorio incandescente de que su núcleo inestable no era una herramienta, sino una bomba de tiempo injertada en sus propios meridianos. A pocos metros, los jueces observaban con una apatía calculada, esperando que su cuerpo colapsara bajo la presión de la técnica prohibida: el «bombeo por vacío».
—Elian Vane —anunció el juez principal, su voz resonando sin rastro de empatía—. Tu ciclo de evaluación ha expirado. Si no logras demostrar una eficiencia superior al 120% en la descarga del núcleo, la Academia procederá a tu desvinculación inmediata.
Desvinculación. El eufemismo que ocultaba la realidad: una purga sistemática. Elian apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre. No era una auditoría; era una cosecha. Se posicionó en el centro de la plataforma. Valeria Solís, desde la tribuna de honor, lo observaba con una mirada de acero, sus dedos acariciando una joya de contención que valía más que toda la vida de Elian. Él sabía lo que ella buscaba: una ejecución pública que validara su posición en la cima de la pirámide.
Elian no intentó canalizar el núcleo de manera tradicional. En su lugar, abrió los canales de su antebrazo, dejando que la quemadura actuara como una válvula de escape. El dolor fue cegador, un relámpago blanco que le nubló la vista, pero cuando el torrente de energía pura estalló hacia los sensores, la plataforma tembló. Los cristales de medición no solo se iluminaron; estallaron en una lluvia de chispas. La eficiencia no marcó el 120%. Marcó el 185% antes de que el sistema de seguridad se apagara por sobrecarga. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el siseo del metal recalentado.
Antes de que pudiera retirarse, una silueta se despegó de las sombras en los pasillos subterráneos. El Maestro Kaelen no parecía un instructor; parecía un depredador que había olvidado cómo cazar. Sus ojos, hundidos y cansados, escanearon la mano temblorosa de Elian con una precisión clínica.
—Has hecho un desastre con los sensores, Vane —dijo Kaelen, su voz apenas un susurro rasposo—. Esa técnica no es solo prohibida; es una firma. Has dejado una huella de energía que cualquier auditor de la élite puede rastrear hasta tu núcleo inestable. ¿Crees que has ganado tiempo? Solo has encendido un faro en medio de la noche.
Kaelen le deslizó una llave de acceso de obsidiana. —Los archivos restringidos están en el nivel inferior. Si quieres saber por qué tu nombre estaba en la lista de purga antes de que nacieras, allí encontrarás las respuestas. Pero recuerda, la verdad suele ser el peso que termina de romper el cuello del condenado.
Elian no perdió tiempo. Bajó a los niveles donde el aire sabía a ozono y a papel quemado. Al presionar la llave contra la consola, la pantalla parpadeó, mostrando una lista de nombres que se desplazaba con una frialdad matemática. Eran estudiantes de rango inferior, aquellos marcados como 'desvinculados'. Lo que encontró le heló la sangre: no era un reciclaje, era una extracción forzada. Cada estudiante desvinculado era llevado a las cámaras de la élite para alimentar la purificación de los núcleos de los rangos superiores. Encontró su propio nombre en la base de la lista, marcado con un sello de 'pendiente de recolección'.
La victoria en la arena no lo había salvado; solo había pospuesto su cosecha. La Academia no era una escuela, era una granja de energía. La determinación fría reemplazó al miedo; si el sistema quería consumirlo, él desmantelaría el sistema desde adentro.
Al salir a la terraza, el viento gélido lo golpeó. Valeria Solís estaba allí, apoyada contra la barandilla. No llevaba la arrogancia habitual; esta vez, sus ojos escaneaban el horizonte con una frialdad analítica que le resultó familiar.
—Tu técnica es ineficiente, Vane. Casi te destroza los meridianos solo para impresionar a jueces que no ven más allá de sus rangos —dijo ella sin girarse—. Pero has sobrevivido. Y ahora, ambos sabemos que la lista de desvinculación no es un error administrativo.
Valeria dejó un sello de acceso de alto nivel sobre la barandilla. —No estoy aquí para denunciarte. Estoy aquí porque la próxima purga ya tiene fecha, y mi nombre, al igual que el tuyo, está marcado como reemplazable. ¿Quieres sobrevivir, o prefieres ser el combustible de alguien más?