Chapter 8
El aire en la oficina de Aranda no olía a papel, sino a ozono y a plástico quemado. Valeria se detuvo en el umbral, observando cómo la luz de la tarde diseccionaba el polvo en suspensión, iluminando la devastación. No había rastro de archivos, ni de expedientes, ni del hombre que, hasta hacía unas horas, dictaba los tiempos de su vida. Solo quedaba el esqueleto de un escritorio volcado y la certeza de que el sistema, al verse amenazado, había purgado su propia evidencia.
Valeria caminó hacia la viga de carga que Aranda había señalado en su última reunión. Sus dedos, firmes a pesar del temblor
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