Chapter 7
La puerta del despacho de Tomás Aranda no estaba cerrada; apenas encajada, un gesto de descuido que gritaba violencia. Valeria empujó con la punta de los dedos, sintiendo la resistencia de una madera que ya no guardaba secretos. El aire en el interior era un insulto a la pulcritud que Aranda siempre exhibía: el hedor a papel quemado y humedad se mezclaba con el aroma penetrante del té negro, un rastro que ella conocía demasiado bien en el barrio. No quedaba rastro de los expedientes. Los estantes, antes cargados con las historias legales de medio Chinatown, estaban vacíos, despojados de sus lomos de cuero y sus folios sellados. El escrit
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