El nuevo libro
El salón comunitario ya no olía a incienso ni a la cera vieja que Elena usaba para sellar los sobres de las remesas. Olía a ceniza fría y a una humedad que se filtraba desde los cimientos, recordándole a Mateo que el edificio, al igual que la red, estaba sostenido por parches y promesas. Elena caminaba a su lado con una docilidad que le desgarraba el pecho; sus ojos, antes afilados como cuchillos de cocina, ahora vagaban por las paredes desconchadas buscando una autoridad que ella misma había borrado al desvanecerse su memoria.
Mateo la guio hasta la silla de madera, el único mueble que permanecía intacto en el centro del sa
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