El puente se sostiene
El apartamento de Elena olía a cera vieja y al rastro metálico de la purga. Mateo se detuvo en el umbral, observándola. Estaba sentada en el borde de la cama, las manos quietas sobre el regazo, como si esperara una instrucción que nunca llegaría. La luz de la mañana, filtrada por las persianas desvencijadas, cortaba el aire en franjas de polvo.
—Elena, soy yo —dijo Mateo, acercándose.
Ella giró la cabeza con una lentitud mecánica. Sus ojos, que antes dictaban el destino de familias enteras con un solo parpad
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