Lenguaje de sombras
El café «La Industrial» olía a grasa fría y café quemado, una mezcla que se adhería a la ropa como una sentencia. Mateo se sentó en la mesa más alejada, bajo el parpadeo estroboscópico de un fluorescente que cortaba el aire en tajos eléctricos. Sus dedos, aún tensos por el encuentro con el Cobrador, rozaron el cuero gastado del cuaderno de Elena. Tenía cuarenta y ocho horas. El tiempo ya no era un concepto abstracto; era un peso físico, una cuenta regresiva que palpitaba en cada tic del reloj de pared.
Abrió el cuaderno. No era una contabilidad convencional. Elena no usaba números, sino una arquitectura de nombres en clave y direcciones que solo alguien con acceso a la red podía descodificar. Mateo, el «puente», el joven que había triunfado en la ciudad con un título universitario pagado —según descubría ahora— con los ahorros que Elena sustraía de esta misma red, se sintió un impostor. Sus éxitos, sus ascensos, su vida impecable: todo era una fachada sostenida por el sacrificio silencioso de una mujer a la que ahora no podía encontrar.
Pasó las páginas con urgencia. Al cruzar las fec
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