El rastro de la tinta seca
El cerrojo del apartamento de Elena cedió con un chasquido metálico, un sonido que en el silencio del pasillo resonó como un disparo. Mateo entró de un empujón, cerrando la puerta tras de sí justo cuando los pasos de la señora Garcés, la vecina del 4B, se detuvieron en el rellano. Se quedó inmóvil, pegado a la madera fría, conteniendo el aliento hasta que el eco de los pasos de la anciana se perdió escaleras arriba. Si ella decidía llamar a la seguridad del
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