La silla vacía en el salón
El olor a humedad y café recalentado del salón comunitario golpeó a Mateo con la familiaridad de una condena. Era un sótano sin ventanas en el corazón del barrio, el lugar donde las deudas se pagaban con silencio y los favores se contaban en el dialecto cerrado que él había pasado años intentando olvidar. Mateo ajustó su chaqueta de sastre, un escudo de tela contra las miradas que ya empezaban a seguirlo desde las esquinas. Buscó a Elena en el estrado, el podio donde ella siempre presidía la asamblea. Su tía nunca faltaba a esta reunión; era el ancla que mantenía a la red a flote. Pero el asiento estaba ocupado por una extraña, una mujer con
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