El precio de la pertenencia
El aire en la trastienda de la sastrería era una mezcla espesa de polvo, aceite de máquina rancio y el miedo metálico que soltaban los radiadores viejos. Matías apretó el libro de contabilidad contra su pecho, sintiendo el filo de las páginas amarillentas como una advertencia contra sus costillas. Al otro lado de la puerta de madera, el Enforcer no golpeaba; esperaba. Su silencio era una forma de violencia más efectiva que cualquier grito.
—Sé que estás ahí, Matías —la voz del hombre sonó plana, desprovista de cualquier rastro de humanidad—. Tu tía era una mujer inteligente. Sabía que los números solo sirven si alguien sobrevive para cobrarlos. No seas el error que arruine su legado.
Matías retrocedió hasta chocar con la vieja Singer. La máquina, una estruct
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