Sombras bajo el neón
El chasquido del cerrojo metálico resonó en la trastienda como un disparo seco. Matías se lanzó contra la madera, golpeando con el hombro, pero la puerta —reforzada para los tiempos en que su tía Elena guardaba aquí secretos más peligrosos que simples retales— no cedió. Al otro lado, los pasos de Don Chen se alejaron con una parsimonia deliberada sobre el linóleo desgastado. Ya no era el anciano que le servía té y le hablaba de los primeros años de la red; era un carcelero cerrando el círculo.
—¡Chen! ¡Ábrame, esto no tiene sentido! —gritó Matías, con la voz quebrada por
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