El juicio del barrio
El candado nuevo brillaba bajo la luz sucia de la farola. Julián se detuvo frente a la puerta principal de la oficina del consejo, el cuaderno negro apretado contra el pecho. El metal le mordía la palma magullada. Eran las 8:47. Trece minutos para que el plazo se cumpliera y la red quedara en manos de quien había falsificado su firma años atrás. Probó el picaporte. Nada. Golpeó dos veces, fuerte. El sonido rebotó en la calle vacía. Desde dentro solo llegaba el zumbido apagado de un ventilador viejo.
Mei esperaba en la esquina, medio oculta por el toldo de la pollería cerrada, la capucha subida. No se movió. Solo asintió una vez: ve por el lado.
Julián rodeó el edificio. El callejón olía a aceite quemado y a humedad antigua. La puerta lateral —la que usaban los repartidores— estaba entreabierta, como si alguien hubiera salido con prisa. Empujó con el hombro. Cedió.
Dentro, el pasillo estrecho estaba iluminado por u
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