Desayuno en el penthouse
La luz de la mañana en el penthouse de Julián Varela no era cálida; era una incisión clínica sobre el mármol negro de la mesa del comedor. Elena Valenzuela observó el vapor elevarse de su taza de café, una voluta de humo que parecía el único elemento orgánico en una habitación diseñada para el aislamiento absoluto. Apenas doce horas antes, su vida era un escándalo en las páginas sociales de Ciudad de México; ahora, era propiedad contractual de un hombre que ni siquiera la miraba mientras revisaba su tablet, su perfil recortado contra el ventanal que dominaba la metrópolis como un trono de cristal.
—El comunicado de prensa saldrá a las die
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