La cláusula oculta
El despacho de Julián Varela no era un espacio de trabajo; era un santuario de poder diseñado para la intimidación. El aire, filtrado y gélido, olía a cuero antiguo y al sándalo que él llevaba como una segunda piel. Elena cerró la puerta con una precisión quirúrgica, asegurándose de que el pestillo no emitiera ni un clic. Fuera, en el pasillo, los pasos rítmicos de la seguridad privada se alejaban. Tenía diez minutos antes de que la reunión de crisis terminara.
Se acercó al escritorio de caoba como si caminara sobre un campo minado. Sus manos, que habían temblado ante los flashes en la gala, ahora estaban firmes, impulsadas por una n
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