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Chapter 5: El juicio de la Arena

Kael sobrevive a la prueba de la Arena mediante una maniobra suicida que destruye a su rival, pero su mecha queda inoperativo y su deuda aumenta. El Ejecutor se acerca tras el combate para ofrecerle un trato: borrar su deuda a cambio de perder la próxima ronda, poniendo a Kael ante un dilema moral y financiero.

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El juicio de la Arena

El aire en el taller clandestino era una mezcla espesa de ozono y aceite quemado, un aroma que se me había incrustado en los poros. Frente a mí, el Chatarra era un cadáver metálico que se negaba a morir. Sus paneles laterales estaban arqueados, con las cicatrices de la última prueba marcando el chasis como una radiografía de mi propia miseria. El estabilizador, esa pieza robada con el sello de la Guardia Fronteriza, emitía un zumbido errático que me vibraba en los dientes.

—Si lo fuerzas más, el núcleo no llegará al amanecer —advirtió mi hermana. Su voz era un hilo tenso, casi inaudible bajo el chirrido del metal enfriándose. Sostenía la llave inglesa con manos temblorosas, evitando mirar el rastreador que yo había redirigido hacia el servidor privado del Ejecutor.

No respondí. Me deslicé bajo el torso del mecha, sintiendo el calor residual del motor. La trampa era una sentencia de muerte: el estabilizador no solo rastreaba mi posición, sino que drenaba mi energía nerviosa para alimentar la baliza. Si la Inquisición detectaba la firma de mi Sincronización Armónica, no habría agujero lo suficientemente profundo para esconderme. Pero la prueba de mañana era la única escalera que me quedaba.

—No es solo el núcleo, es el sistema nervioso —dije, emergiendo con la grasa negra manchando mi rostro. Mis ojos buscaron los suyos, encontrando solo el miedo que yo intentaba enterrar. Me limpié las manos en un trapo sucio—. Voy a usar el calor de la baliza como catalizador. Si redirijo la sobrecarga del rastreador hacia los actuadores de las piernas, ganaré la potencia necesaria. El motor se fundirá, pero me moveré.

—Eso es un suicidio técnico, Kael. La Academia lo verá como una anomalía y te borrarán antes de que puedas reclamar el premio.

—Si no gano mañana, ya estaré borrado —repliqué, subiendo a la cabina. La estructura crujió, un recordatorio de mi precariedad. Al conectar el cableado, el dolor familiar me recorrió la columna, una descarga que fusionaba mi voluntad con el metal. El estabilizador soltó un pulso inestable. Cerré los ojos, sintiendo cómo el Chatarra se expandía hasta ser mis propios huesos. El cronómetro parpadeaba en rojo: ocho horas para el juicio.

*

La Arena de Pruebas olía a ozono y a la muerte inminente de mi cuenta bancaria. Ajusté los arneses, sintiendo la simbiosis forzada, dolorosa, que me recordaba que no había margen para el error. Frente a mí, el Vanguardia-IV de mi rival era una joya de blindaje cerámico, brillando bajo los focos con una fluidez que humillaba mi tosquedad.

—Piloto 7-0-4, su presupuesto operativo es cero. Cualquier daño al entorno será deducido de su cuenta de subsistencia —la voz gélida del sistema de la Arena silenció la grada. El Ejecutor, desde su palco, observaba con una calma depredadora.

El rival disparó. El proyectil de alta energía impactó contra un pilar, lanzando esquirlas que perforaron mi brazo izquierdo. Ignoré la alarma de sobrecalentamiento. Sabía que el rastreador, ahora redirigido, enviaba datos falsos al sector privado del Ejecutor. Tenía que terminar esto antes de que los inquisidores se dieran cuenta de la distracción.

—¿Eso es todo, rata de mercado? —la voz del rival resonó en el canal abierto, cargada de una arrogancia que solo el dinero puede comprar.

Desconecté los limitadores. La Sincronización Armónica fluyó directamente a mis nervios. El dolor fue un latigazo, pero el mundo se volvió nítido: vi la firma térmica del Vanguardia, los titubeos en sus servomotores. Me lancé hacia el laberinto de escombros. Cada paso era una sentencia financiera, un chirrido de metal forzado que me dolía como una herida propia.

El rival, confiado, entró en la zona ciega. No busqué un duelo de potencia; esperé a que se posicionara y, en lugar de esquivar, sobrecargué mi núcleo, lanzando el Chatarra en una embestida suicida que bloqueó su cañón con mi propio chasis destrozado. El estruendo fue ensordecedor. Ambos quedamos fundidos en una masa de metal retorcido.

El rival ha caído, pero mi mecha está en llamas. La multitud guarda silencio. He ganado, pero mi máquina ya no puede moverse. En mi panel, el mensaje del Ejecutor parpadea: una oferta de borrado de deuda a cambio de una derrota arreglada en la próxima ronda.

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