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Chapter 4: Sombras en el mercado

Kael sobrevive a la prueba de presupuesto cero, pero descubre que el estabilizador comprado en el mercado negro es una trampa de rastreo de la Academia. Tras evadir a la Inquisición, logra redirigir la baliza hacia el Ejecutor, aunque queda marcado como objetivo de alto valor mientras prepara su siguiente prueba.

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Sombras en el mercado

El Chatarra no rugía; se quejaba. Cada articulación de su chasis de grado industrial emitía un chirrido metálico que resonaba en la cabina como un grito de auxilio. Kael mantenía los ojos fijos en el monitor de diagnóstico: la Sincronización Armónica de Núcleo había dejado una firma energética residual que, incluso con el motor en ralentí, encendía las alarmas de la Academia en un rojo parpadeante. La transmisión pública se había cortado en el instante en que la técnica prohibida se manifestó, dejando a la multitud en un silencio sepulcral, privado de la gloria de su victoria.

—Fuera de la cabina, piloto —la voz del Ejecutor, amplificada por los altavoces de la arena, era un bisturí de acero—. La Inquisición tiene preguntas sobre esa firma. No te atrevas a mover ese chasis un milímetro más.

Kael sintió el peso de la trampa. Había entregado los códigos de la cuenta bloqueada de sus padres para obtener el estabilizador de giro, creyendo que era su boleto para sobrevivir a la prueba de presupuesto cero. Ahora, el zumbido anómalo en el núcleo del mecha le confirmaba la traición: el componente no era una mejora, sino un faro de rastreo. Si salía, la Inquisición lo desmantelaría junto con su máquina. Si se quedaba, el Ejecutor lo aplastaría bajo el peso de una acusación de terrorismo técnico.

Kael forzó una eyección manual. El Chatarra quedó inerte, una carcasa de metal inútil en el centro de la arena, mientras los técnicos de la Academia, flanqueados por la guardia de élite, descendían con escáneres de largo alcance. Kael se escabulló entre las sombras de los muelles de carga, aprovechando el caos de la interrupción. Su destino no era la enfermería, sino el Bazar del Submundo.

El mercado era un laberinto de cables expuestos y desesperación. Kael encontró al Vendedor bajo una lona de plomo, oculto tras una pila de servomotores oxidados. El hombre intentó retroceder, pero Kael lo inmovilizó contra la pared metálica, su mano apretando el destornillador de precisión con la fuerza de quien no tiene nada más que perder.

—El sello —siseó Kael, acercando el estabilizador que había extraído de emergencia—. Tiene un registro de la Guardia Fronteriza. ¿Por qué una pieza de desguace tiene un rastreador de la Academia incrustado en el núcleo? ¿Quién te pagó para venderme esta trampa?

El Vendedor soltó una carcajada nerviosa, sus ojos saltando hacia las sombras. —No sé de qué hablas. El inventario viene de arriba, de los niveles donde la luz no llega. Si te han marcado, muchacho, es porque ya eres un cadáver andante.

Kael no esperó más. Regresó a su refugio clandestino, con el tiempo agotándose. La prueba pública de mañana al amanecer era una sentencia de muerte si no lograba purgar el rastreador. Bajo una presión asfixiante, comenzó el recableado manual. Sus dedos, manchados de grasa y sangre seca, manipulaban los circuitos con una precisión nacida del miedo. Logró hackear la baliza, pero en lugar de destruirla, redirigió la señal de rastreo hacia el sector privado del Ejecutor. Si la Inquisición quería un objetivo de alto valor, lo encontrarían en la puerta del favorito de la Academia.

Al cerrar la carcasa, el zumbido cesó, reemplazado por un silencio absoluto. Kael se desplomó contra el chasis. La victoria en la arena había sido solo el primer peldaño; ahora, el techo de la escalera se había elevado, revelando una jerarquía que no solo penalizaba la debilidad, sino que cazaba activamente a quienes intentaban superarla. Las piezas que compró en el mercado negro tenían un sello de seguridad que no debería existir. Alguien, desde dentro de su propia red, lo había entregado. El rival ha caído, pero mi mecha está en llamas. La multitud guarda silencio. He ganado, pero mi máquina ya no puede moverse.

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