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Chapter 3: La Escalera no perdona

Kael sobrevive a la prueba pública de presupuesto cero utilizando la Sincronización Armónica de Núcleo, una técnica prohibida. Aunque derrota a los oponentes de élite, la Academia interviene bloqueando la transmisión y grabando el combate en secreto, revelando que el estabilizador obtenido en el mercado negro es una trampa deliberada.

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La Escalera no perdona

El estabilizador de mercado negro vibraba en la palma de Kael, una pieza de metal frío con un sello de seguridad que destellaba un azul eléctrico prohibido. Kael lo encajó en el núcleo de Chatarra mientras el sudor le escocía los ojos. El mecha gemía, un amasijo de acero remachado que apenas mantenía la presión hidráulica. A menos de seis horas para la prueba pública, su presupuesto era de cero créditos y su margen de error, inexistente.

—Kael, detente —susurró su hermana desde la sombra del taller, con la voz quebrada—. Ese sello no es de chatarra reciclada. Es tecnología de la guardia fronteriza. Si la Academia escanea el chasis, no solo nos quitarán el rango, nos confiscarán hasta la piel.

Kael no respondió. Sus dedos, callosos y temblorosos, conectaron los cables de cobre a la interfaz nerviosa. La Sincronización Armónica de Núcleo no era una teoría; era un legado familiar que su padre había ocultado entre facturas impagadas. Al presionar el interruptor, el estabilizador no solo se acopló; pareció reconocer el ADN de Kael. El metal vibró en una frecuencia armónica, un zumbido sordo que hizo saltar las herramientas de la mesa. Al fundir sus nervios con el núcleo, Kael sintió que las paredes del taller desaparecían. Podía «ver» cada microfisura en la aleación de su armadura, cada gramo de óxido que ralentizaba sus servos. El sistema no estaba simplemente reparado; estaba despertando.

Al amanecer, el aire en la Arena de Pruebas sabía a ozono y a humillación. Chatarra lucía como una cicatriz abierta bajo la luz cenital de los proyectores. El Ejecutor, envuelto en una armadura de aleación ligera que brillaba con una arrogancia insultante, se acercó con paso pausado. Su presencia era una sentencia de muerte financiera.

—Tu presupuesto es cero, Kael —dijo el Ejecutor, amplificando su voz para que los cadetes de élite escucharan—. Ni una batería de repuesto. Espero que hayas traído un buen seguro de vida para esta chatarra.

El Ejecutor levantó un emisor de pulso electromagnético, una herramienta de mantenimiento que, en sus manos, se convirtió en un arma de sabotaje. Disparó una ráfaga dirigida al núcleo. El impacto hizo que Chatarra soltara una lluvia de chispas. El Comisario, observando desde su estrado, anotó algo en su terminal, esperando el colapso. Pero Kael, utilizando el estabilizador, absorbió la descarga. El pulso no destruyó el sistema; lo sobrecargó, inyectando energía bruta en los conductos nerviosos del mecha. Kael se conectó a la red de la arena, dejando claro que no se retiraría.

El combate comenzó. Kael se enfrentó a tres oponentes de élite. Cuando Chatarra estuvo a punto de colapsar, Kael activó la Sincronización Armónica. El dolor le recorrió la columna como un rayo, pero la visión táctil le permitió anticipar cada movimiento enemigo. Vio la micro-vibración en el brazo del Vanguardia rival: un defecto en la articulación que nadie más notaba. Con un movimiento prohibido, Kael lanzó un golpe de precisión que destrozó el arma principal del oponente, dejando a la audiencia en un silencio sepulcral.

La victoria fue pública, pero el costo fue inmediato. Mientras los escombros del mecha rival aún humeaban, Kael notó que la señal de transmisión de la Academia se cortaba. No estaban emitiendo el combate; lo estaban grabando de forma privada, bloqueando su señal. El Ejecutor lo observaba desde la tribuna, y por primera vez, no había desprecio en sus ojos, sino un miedo gélido que se transformaba en una orden silenciosa a los drones de seguridad. Kael comprendió con una punzada de terror que el sello en su estabilizador no era un error, sino una trampa deliberada para atraerlo a la vista de la Inquisición. Había activado la técnica prohibida y el mecha respondía con un rugido que no debería ser posible. La Academia ya no lo ignoraba; ahora, lo estaban cazando. Las piezas que compré en el mercado negro tienen un sello de seguridad que no debería existir. Alguien me está tendiendo una trampa.

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