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Chapter 2: Costo de victoria: El precio del acero

Kael sacrifica el secreto financiero de su familia para reparar su mecha tras un sabotaje del Ejecutor. A pesar de la reparación, el Ejecutor impone un presupuesto de cero créditos para la próxima prueba pública. Kael recurre a una técnica de sincronización prohibida para compensar la inferioridad de su máquina.

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Costo de victoria: El precio del acero

El hangar 4-B apestaba a ozono y a la desesperación de los que, como yo, solo éramos combustible para la gloria de la Academia. Mi mecha, Chatarra, reposaba sobre los soportes hidráulicos, goteando refrigerante azulado sobre el hormigón picado. Cada gota era un crédito menos en mi cuenta, un pulso de vida que se escapaba hacia el desagüe del sistema.

—Kael, si no sellas la fisura en el bloque del motor, el sistema central marcará la unidad como chatarra irrecuperable al amanecer —la voz de Elena sonó a mis espaldas. No se acercó. Sabía que el costo de la reparación superaba nuestra asignación semanal.

Me arrastré bajo el chasis. El metal vibraba con una frecuencia errática. Al retirar la placa de acceso, el horror se hizo evidente: no era solo el desgaste de la auditoría. Los conductos de refrigeración habían sido forzados con una herramienta de alta precisión. Alguien había manipulado el motor durante la noche. El Ejecutor no solo quería ganarme; quería que mi derrota fuera espectacular y definitiva. Si acusaba al favorito de la Academia sin pruebas, nos expulsarían por difamación antes del amanecer. Decidí callar.

El mercado de sectas de Bajo Nivel fue mi siguiente parada, un laberinto de puestos donde la debilidad se cotizaba a precios abusivos. Caminé entre las sombras, sintiendo las miradas de desprecio de los cadetes de élite. Mi uniforme raído era una diana; mi rango, una sentencia.

—Necesito un estabilizador de giro clase C —dije, contando mis últimos créditos. El chatarrero, un hombre de ojos mecánicos, soltó una carcajada.

—Ese componente vale el triple de lo que tienes. Pero... —se inclinó, bajando la voz—, si me das los códigos de acceso de la cuenta bloqueada de tus padres, es tuyo.

El vacío en mi estómago fue gélido. Aquella cuenta era el último vestigio de la reputación de los míos, un secreto que los prestamistas habían intentado descifrar durante años. El anciano no buscaba chatarra; buscaba el linaje caído de mi familia. Acepté. El componente era pesado, frío y manchado de óxido, pero era la única forma de que Chatarra sobreviviera a la mañana siguiente. Había vendido un pedazo de mi privacidad, pero el mecha volvió a tener pulso.

Regresé al taller. Apenas terminaba de ajustar el flujo, una presencia gélida me hizo tensar los músculos. El Ejecutor estaba ahí, impecable, contrastando con mis manos manchadas de grasa.

—Es curioso —dijo, con una voz cortante como un escalpelo—. Pensé que habías terminado de arrastrar ese montón de chatarra por el suelo.

—El chatarra sigue funcionando, aunque te moleste —respondí, apretando la última tuerca. El metal crujió.

El Ejecutor dio un paso adelante, invadiendo mi espacio. —He movido los hilos. La prueba de mañana no solo será pública, sino que he eliminado cualquier margen de presupuesto para tu unidad. Si ese armatoste se funde, y lo hará, tu carrera termina aquí.

Me miró desde su podio, señalando mi chasis dañado. Mañana, la prueba es pública y mi presupuesto es cero. Se marchó, dejándome solo con el peso de su amenaza.

Me encerré en la cabina. Con el tiempo agotándose, accedí a los registros prohibidos que mi padre ocultó tras tres capas de cifrado militar. El archivo se desplegó: Sincronización Armónica de Núcleo. Era una locura suicida, una técnica que fundía al piloto con el sistema nervioso de la máquina. El Aegis —mi chatarra— rugió, no como una máquina, sino como una bestia despertando. El metal del habitáculo gimió, resonando contra mis huesos. La frecuencia armónica se estabilizó en un tono grave, una sintonía imposible que desafiaba la física de los talleres. He activado la técnica prohibida. El mecha responde con un rugido que no debería ser posible. La Academia ha empezado a grabar.

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