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Chapter 1: Deuda de chatarra: El primer peldaño

Kael sobrevive por los pelos a la auditoría de la Academia utilizando una maniobra arriesgada que deja a su mecha al borde del colapso. Aunque logra clasificar, la victoria aumenta su deuda operativa y lo pone en el punto de mira del Ejecutor, quien le asegura que su calvario público apenas comienza.

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Deuda de chatarra: El primer peldaño

El zumbido errático de «Chatarra» era un insulto al silencio clínico del mercado de sectas. Kael apretó los dientes, ajustando un perno oxidado mientras el metal afilado le cortaba los nudillos, tiñendo de rojo el chasis desgastado. A su alrededor, los pilotos de la Academia, envueltos en armaduras de cromo impecable y escudos de energía estática, reían con una condescendencia que dolía más que los golpes de la llave inglesa.

—Esa chatarra es una mancha para el gremio, Kael —escupió Valerius, su mecha de clase alta bloqueando el paso con una arrogancia calculada—. La auditoría de la Academia no solo te embargará hoy; te borrará del registro. Serás un paria sin rango, y tu máquina será chatarra de fundición antes de que caiga el sol.

Kael ignoró el veneno, aunque sus manos temblaban. Sus dedos rozaron un núcleo de energía, apenas funcional pero suficiente para encender el sistema. Al escanear el historial de la pieza, el registro de transacciones le heló la sangre: su familiar había vendido su propia ración de mantenimiento mensual, la única fuente de nutrientes de la semana, para pagar ese núcleo de segunda mano. La culpa le golpeó con la fuerza de un pistón hidráulico. No era solo su orgullo lo que estaba en juego; era la supervivencia de su hogar.

Sin mediar palabra, Kael se izó a la cabina. El interior olía a ozono quemado y a sudor frío. Frente a él, el cronómetro oficial de la Academia destellaba en un rojo agresivo: 04:12. Cuatro minutos para demostrar que su máquina no era un desperdicio de espacio, o para ser expulsado permanentemente del sistema de rangos. Si caía hoy, la deuda familiar no se congelaría; se ejecutaría.

Desde la tribuna de mando, la silueta impecable del Ejecutor se recortaba contra la luz cenital de la Arena. Su mecha, un modelo de última generación, se mantenía en reposo mientras observaba la agonía de Kael con una calma insultante. Había manipulado los parámetros de la prueba. Los drones de clase superior que descendían desde la cúpula no seguían los patrones de entrenamiento estándar; eran agresivos, rápidos y estaban calibrados para destruir articulaciones hidráulicas, no para evaluar habilidad.

El primer impacto sacudió el chasis. Un dron de ataque pesado embistió el hombro izquierdo, arrancando una placa de blindaje ya debilitada. El chirrido del metal forzado fue un grito agudo que resonó en los dientes de Kael. El indicador de integridad estructural se desplomó al 32%.

—Demasiado lento, piloto —la voz del Ejecutor retumbó por el canal abierto de la arena, una burla diseñada para desestabilizarlo—. ¿Es eso todo lo que tu miseria puede ofrecer?

Kael no respondió. Sintió el calor del núcleo de segunda mano, forzado más allá de sus límites, vibrando bajo sus pies. Sabía que la única forma de sobrevivir era una maniobra prohibida: una sobrecarga de energía que fundiría los circuitos, pero que le daría el impulso necesario para esquivar el siguiente impacto. Con un gruñido, desvió el flujo de energía de los estabilizadores hacia los propulsores de emergencia. El mecha bramó, un sonido agónico que recorrió toda la arena. Kael realizó un giro imposible, pasando por debajo del dron y conectando un impacto preciso en su núcleo expuesto. El dron estalló en una lluvia de chispas, pero el brazo de «Chatarra» se bloqueó, inerte, víctima del sobreesfuerzo.

El cronómetro llegó a cero. El silencio de la arena fue absoluto. El mecha se apagó por completo, humeante y casi desmantelado, pero la pantalla de la Academia, arriba en la tribuna, actualizó el marcador: el nombre de Kael aparecía en la lista de clasificados, justo por encima del umbral de expulsión. La victoria era agridulce; la deuda operativa acababa de escalar a niveles críticos por el daño estructural.

Al salir de la cabina, el aire tenía un sabor metálico. El Ejecutor estaba allí, apoyado contra una columna de titanio, observándolo con un desdén que no ocultaba su irritación por haber fallado en expulsarlo. A su lado, un dron de registro flotaba en silencio, capturando cada detalle de la humillación de Kael.

—Nada mal para un montón de chatarra que debería estar en el desguace —dijo el Ejecutor, acercándose a su mecha y dando un golpe seco en el chasis humeante—. Pero no te engañes. Has ganado un día más de vida, pero tu presupuesto es cero. Mañana, la prueba es pública y el nivel de dificultad será el triple. ¿Estás listo para ver cuánto más puede aguantar tu familia antes de que el sistema te liquide definitivamente?

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