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Chapter 11: Chapter 11

Mateo sobrevive a la inspección de la Academia tras una sincronización neuronal crítica, pero descubre que su deuda ha sido adquirida por un consorcio privado. Valeria le ofrece un estabilizador a cambio de su lealtad, mientras el duelo de exhibición se transforma en una purga pública sin restricciones de seguridad.

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Chapter 11

El zumbido en la base del cráneo de Mateo no era un sonido, sino una frecuencia de error que le taladraba los huesos. Dentro de la cabina del Chatarrero-7, el aire sabía a ozono quemado y sudor frío. Frente a él, el tablero de instrumentos parpadeaba en un rojo violento: Amenaza Nivel Rojo. La etiqueta brillaba como una sentencia de muerte proyectada sobre su propia retina.

—¡Corta el enlace, Mateo! —la voz de Silas sonaba distorsionada por el intercomunicador, rasposa por el miedo—. Si los sensores de la Academia detectan la firma de ese núcleo, no te desguazarán; te borrarán del mapa.

Mateo intentó mover los dedos, pero sus manos respondían con un retraso agónico. Cada gramo de empuje que el chasis generaba se traducía en una descarga neuronal que le nublaba la vista. Con un gruñido, activó el código de evasión de Valeria. El rastreador de proximidad de la Academia, el ojo electrónico que vigilaba cada uno de sus movimientos, se quedó ciego de repente. El silencio que siguió en la cabina fue más aterrador que las alarmas.

—El rastreador no ve nada —dijo Mateo, con la voz quebrada—. Pero el daño es real, Silas. Siento cada microfisura en el metal como si fuera mi propio hueso.

Silas apareció en la compuerta del taller, su rostro demacrado por el peso de décadas de secretos. —Tu deuda ha sido comprada, muchacho. No por la Academia, sino por un consorcio privado que busca lo que llevas en el pecho. No eres un piloto para ellos; eres un activo que debe ser extraído. Si no ganas el duelo de exhibición y demuestras que el Chatarrero es inviable para su desmantelamiento, te abrirán en canal antes del amanecer.

Mateo apenas tuvo tiempo de procesar la advertencia cuando Valeria lo interceptó en los pasillos de la Academia. No caminaba; se deslizaba, su uniforme impecable contrastando con el mono de vuelo de Mateo, manchado de fluido hidráulico.

—Tu armazón emite una firma que no debería existir —dijo ella, sin preámbulos. Su voz era una navaja envuelta en seda—. El código que te envié era una trampa, una purga diseñada para quemar tu núcleo. En lugar de eso, lo hackeaste. Ahora, tu valor de mercado ha escalado a niveles que ni siquiera los auditores de la secta pueden ignorar.

—Si sabías que era una trampa, ¿por qué enviarlo? —espetó Mateo, sintiendo un latigazo de dolor neuronal.

—Porque necesito ver qué tan lejos llega tu terquedad. La Academia ha bloqueado tus suministros, pero tengo acceso a los niveles superiores. Tengo un componente de estabilización neuronal que podría salvar tu sistema nervioso, pero no será gratis. Lo quiero a cambio de tu lealtad en la arena. Si sobrevives, el Chatarrero-7 será parte de mi patrimonio.

Mateo aceptó el componente, aunque sabía que era una correa invisible atada a su cuello. La instalación fue una pesadilla de precisión. Durante la inspección sorpresa de la Academia, el Chatarrero-7 gimió bajo la presión de los auditores. Silas, con las manos temblorosas, sacrificó una pieza invaluable de su propia colección para desviar la atención de los sensores, arruinando su propia reserva de repuestos. La inspección fue aprobada con una advertencia severa, pero Silas quedó desprotegido, y Mateo sintió el peso de la deuda crecer más allá de los 4.8 millones de créditos.

El clímax llegó en el Gran Salón. El estruendo de los altavoces hizo vibrar los dientes de Mateo. La holografía sobre la arena cambió: su rostro, marcado como «Amenaza Nivel Rojo», brillaba en carmesí ante la multitud.

—No es una exhibición —rugió el Viejo Silas desde la tribuna—. Es una purga.

Los otros pilotos activaron sus mechs, rodeando a Mateo con ansia asesina. El joven sintió cómo su núcleo energético, antes inestable, ahora se sincronizaba con un pulso devastador. Miró a Valeria; ella no apartó la vista. El suelo se abrió, revelando un entorno de combate real, una jungla de acero y fuego sin protocolos de seguridad. La prueba final había comenzado: un entorno de combate real, sin restricciones. Mateo activó sus propulsores, el metal crujiendo bajo una potencia inaudita. Sabía que al cruzar la línea de meta, el verdadero ladder apenas comenzaría a revelarse ante él.

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